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| Itziar Ziga |
Hace cinco años, acudí a una fiesta que se organizaba en un local okupado en Barcelona con el fin de recaudar algo de dinero para la Queeruption que se avecinaba. Llevé mi maleta de cedés rayados, me habían convocado para que pinchase. Pero no me dejaban, para variar. Entre aquella batalla campal de machorros dj’s anfetaminados no tenía nada que hacer, ni pensaba intentarlo. Imponer mi música nunca me ha parecido una vía de diversión. Las amigas maricas que me habían llamado se disculpaban. Al final logré que me dejaran un cuarto de hora en los mandos y arranqué con un remix maquinero de La Pantoja. Mientras mi gente bailaba, los energúmenos destronados querían matarme. Entonces apareció a mi lado una chica tuneada al estilo king muy pesada y me dijo: bueeeeno, vamos a ver que ponemos, tienes que pinchar para todo el mundo y esto no nos gusta. La fulminé con la mirada mientras tarareaba Así fueeeee a los gritos. Pero ella/él insistía. Incluso trató de husmear entre mis cedés. Le mandé a freír espárragos. Entonces, enojada me dijo: ¡Queer es compartir!







