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lunes

MITOS GORDÓFOBOS EN MOVIMIENTOS VEGANOS Y ANTIESPECISTAS* por MAGDALENA PIÑEYRO


Ilustración ARTE MAPACHE

Confieso, he sentido vergüenza gorda en la cafetería vegana de mi ciudad. Fue fugaz, pero por unos segundos, antes de lograr disiparlo, me invadió el siguiente pensamiento: “Si pasara alguien por la calle y viera la incorrecta estampa vegana que supone mi cuerpo gordo sentado al lado de la ventana principal del local, seguro desistiría de entrar aquí... soy un mal ejemplo de vegana”. Me gustaría decir que la vergüenza gorda no suele invadirme en espacios antiespecistas; pero me invade, y lo seguirá haciendo mientras la gordofobia campe a sus anchas en ellos, en parte alimentada por los siguientes tres mitos:

Intoducción a "STOP GORDOFOBIA Y LAS PANZAS SUBVERSAS" de MAGDALENA PIÑEYRO

INTRODUCCIÓN
Hemos sido explotadas
Hemos sido humilladas
Hemos sido maltratadas
Pero esto sea a acabar
Santa Polonia, Komando Txipontxi


Si alguien me preguntara cuándo empecé a ser gorda no sabría qué responder. No sé cuándo una empieza a ser gorda, en qué circunstancias, con qué talle, con cuántos kilos. Pero calculo que tiene poco que ver con números exactos y más con percepciones, con el momento en que una empieza a ser consciente de su gordura. Un momento que, a su vez, está directamente relacionado con el descubrimiento de que tu cuerpo es un problema para las demás (por gordo), convirtiéndose automáticamente en un problema para ti también. Lo cierto es que siempre fui la más alta, grande y gorda de mi entorno (comparándome con mi hermana o con las otras chicas de mi curso escolar) y no me supuso ningún problema hasta que entrando a los 7 u 8 años -y tras varios comentarios de diversas personas respecto a mi cuerpo gordo- ocurrió el inevitable primer acto de auto-odio: me negué a mostrarme vestida en traje de baño en público.