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| Monique Wittig |
Cuando se analiza la opresión de las mujeres con un enfoque
materialista y feminista , se destruye la idea de que las mujeres
son un grupo natural, es decir, «un grupo racial de un tipo especial: un grupo concebido como natural un grupo de hombres
considerado como materialmente específicos en sus cuerpos» .
Lo que el análisis consigue al nivel de las ideas, la práctica lo
hace efectivo en el nivel de los hechos: por su sola existencia
una sociedad lesbiana destruye el hecho artificial (social) que
constituye a las mujeres como un «grupo natural». Una sociedad lesbiana4
revela pragmáticamente que esa separación de los
hombres de que las mujeres han sido objeto, es política y muestra que hemos sido ideológicamente reconstruidas como un
«grupo natural». En el caso de las mujeres, la ideología llega
lejos, ya que nuestros cuerpos, así como nuestras mentes, son el
producto de esta manipulación. En nuestras mentes y en nuestros cuerpos se nos hace corresponder, rasgo a rasgo, con la idea
de naturaleza que ha sido establecida para nosotras. Somos
manipuladas hasta tal punto que nuestro cuerpo deformado es
lo que ellos llaman «natural», lo que supuestamente existía antes
de la opresión; tan manipuladas que finalmente la opresión
parece ser una consecuencia de esta «naturaleza» que está dentro de nosotras mismas (una naturaleza que es solamente una
idea). Lo que un análisis materialista hace por medio del razonamiento, una sociedad lesbiana lo realiza de hecho: no sólo no
existe el grupo natural «mujeres» (nosotras las lesbianas somos
la prueba de ello), sino que, como individuos, también cuestionamos «la-mujer», algo que, para nosotras —como para Simone
de Beauvoir— es sólo un mito. Ella afirmó: «no se nace mujer,
se llega a serlo. No hay ningún destino biológico, psicológico o
económico que determine el papel que las mujeres representan
en la sociedad: es la civilización como un todo la que produce
esa criatura intermedia entre macho y eunuco, que se califica
como femenina».