martes

Biblioteca mínima del feminismo posporno, queer y poscolonial por Paul B. Preciado


El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Monique Wittig (Egales). Haciendo una crítica marxista de la producción sexual, Wittig define por primera vez en 1985 la heterosexualidad no ya como una forma de hacer sexo, sino como un régimen político y económico.

El género en disputa. Judith Butler (Paidós). Texto clave publicado originalmente en 1990 que inaugura una crítica de las nociones tradicionales del feminismo blanco, burgués, heterosexual y abre la vía a la llamada teoría queer: teoría marica, bollera y trans.

Cuerpos sexuados. Anne Fausto-Sterling (Melusina). Un ensayo audaz que revisa los textos científicos como metáforas culturales y representaciones políticas a través de los que se han construido las ideas de masculinidad y feminidad, de heterosexualidad y homosexualidad durante el último siglo.

El prisma de la prostitución. Gail Pheterson (Talasa). Nosotras las putas (compilación) (Talasa). Dos de los textos clave del movimiento de reivindicación de los derechos de las trabajadoras sexuales.

Vamps & Tramps. Más allá del feminismo. Camille Paglia (Valdemar). Paglia ha avanzado sin complejos algunas de las ideas centrales de un nuevo movimiento radical, denunciando el giro neoconservador del feminismo americano de los setenta un feminismo que según ella, ha sido confiscado por la moral judeocristiana y el Estado capitalista.

Mujeres, raza y clase. Angela Y. Davis (Akal). Un clásico de 1981 en el que Angela Davis traza una genealogía del feminismo americano partiendo de los movimientos de lucha por los derechos de los negros y del movimiento obrero, ayudándonos a tomar conciencia de cómo las discriminaciones de clase y de raza han configurado y reducido la agenda del feminismo liberal contemporáneo.

Otras inapropiadas. Feminismos desde las fronteras. Bell Hooks y otros (Traficantes de Sueños). Mejor antología en castellano de ensayos de crítica a los presupuestos blancos y racistas del feminismo liberal desde el feminismo negro y poscolonial.


King Kong Teoría. Virginie Despentes (Melusina, en prensa). La diva destroy punk de las letras francesas, escritora de novelas en las que las protagonistas ocupan posiciones tradicionalmente reservadas a los hombres (sangre, sexo y rock and roll) y de la controvertida y censurada película Fóllame (2000), nos ofrece un ensayo en primera persona en el que se ataca los tabúes del feminismo liberal: la violación, la prostitución y la pornografía.

Texto compartido de El Pais. Publicado el 13/01/2007

domingo

Reseña de "Tendencies" de Eve Kosofsky Sedgwick

Eve Kosofsky Sedgwick/Foto:David Shankbone

Eve Sedgwick es la autora de dos de los principales trabajos teóricos en el campo de «queer studies»: Between Men: English Literature and Male Ho- mosocial Desire (Columbia, 1985) y Epistemología del armario (Epistemology of the Closet) (Berkeley, 1990). 
Tendencies (1993), recoge ensayos que exploran las manifestaciones de lo queer en contextos que van desde la literatura inglesa decimonónica hasta las películas del actor/travesti Divine; desde el discurso antimasturbador de la época victoriana hasta las políticos que gobiernan a los «grupos de apoyo» (Alcohólicos Anónimos, Neuróticos Anónimos, etc.) que han proliferado en los últimos años.

¿Cómo podríamos definir el término queer? Aun en inglés esta pregunta presenta graves problemas. Se trata de un término asumido por varias minorías sexuales estadounidenses (gays, lesbianas, bisexuales) que significa «raro» o «peculiar» y que deriva del vocablo indoeuropeo twerkw (atravesar, torcer). Al autodefinirse como «queer»—en lugar de gay, lesbiana, bisexual, sadomasoquista, etc.—una persona puede indicar su preferencia por prácticas sexuales transgresivas y al mismo tiempo evitar caer en el encasillamiento de una identidad fija y monolítica. 
«Queer» implica un estilo de vida raro y fuera de lo común, pero se niega a especificar en qué consisten sus prácticas, se rehúsa a precisar si se desempeña un papel masculino o femenino, pasivo o activo, subyugado o dominante. En las palabras de Sedgwick, «queer» se refiere a

the open mesh of possibilities, gaps, overlaps, dissonances and resonances, lapses and excesses of meaning when the constituent element of anyone's gender, of anyone's sexuality aren't made (or can't be made) to signify monolithically. (8)

En su libro anterior, Epistemology of the Closet, Sedgwick había postulado las virtudes de examinar las «lagunas», «disonancias» y contradicciones de la identidad sexual. Para llevar a cabo este proyecto, la autora cuestiona la validez de la clasificación binaria «homosexual»/«heterosexual». Lejos de aceptar esta división como algo «natural», Sedgwick la somete a una genealogía à la Foucault y examina la manera en que ésta fue construida y difundida. La investigadora nos hace ver que la «homosexualidad» no surge como identidad sino hasta fines del siglo pasado, cuando los discursos médico y legal crean el término «homosexual» para encasillar en una serie de estereotipos y presuposiciones a cierto tipo de individuos cuya conducta desafiaba los preceptos de la sociedad.

En Epistemology ... Sedgwick había comentado sobre lo arbitrario de esta clasificación binaria: ¿por qué dividir a las personas en dos bandos separados, basándonos tan sólo en la supuesta relación entre su sexo y preferencias sexuales? Nos sentimos inclinados a responder que este sistema binario corresponde a la diferencia de prácticas y preferencias sexuales entre individuos. Sin embargo, la autora nos recuerda que las diferencias en el terreno de la sexualidad van mucho más allá de la división homo/heterosexual. Existe un sinnúmero de diferencias que carecen de un lenguaje clasificatorio y por lo tanto de una identidad asociada a ellas. Sedgwick enumera algunas de estas diferencias:

Sexuality makes up a large share of the self-perceived identity of some people, a small share of others.
For some people, the preference for a certain sexual object, act, role, zone, or scenario is so immemorial and durable that it can only be experienced as innate; for others, it appears to come late or to feel aleatory or discretionary.
Some people’s sexual orientation is intensely marked by autoerotic pleasures and histories—sometimes more so than by any aspect of alloerotic object choice. For others the autoerotic possibility seems secondary or fragile, if it exists at all.
Some people, homo-, hetero-, and bisexual, experience their sexuality as deeply embedded in a matrix of gender meanings and gender differentials. Others of each sexuality do not. (25)

Todas estas son posibilidades eróticas que cumplen una función doble: por una parte, apuntan hacia la complejidad y heterogeneidad de la sexualidad humana; por otra, la ausencia de categorías para referimos a cada una de estas conductas nos revela la arbitrariedad de la división homo/heterosexual.

Lo queer, entonces, es un intento por desnaturalizar la noción de identidad: gay, heterosexual, lesbiana son construcciones lingüísticas que por su tendencia taxonómica no alcanzan a representar la diversidad de las prácticas y experiencias que conforman la sexualidad humana. Un proceso de «rarefacción» ha disfrazado a estas identidades como «naturales» para ocultar los intereses sociales, legales y económicos que se esconden tras esta construcción. Los ensayos reunidos en Tendencies continúan esta investigación sobre lo queer (lo fluido, inclasificable y heterogéneo de la experiencia) en contraste con las construcciones sociales—lingüísticas, de identidad, etc.—que en la mayoría de los casos resultan monolíticas y sofocantes.

«Jane Austen and the Masturbating Girl» es el título de uno de los ensayos de Tendencies. En él, Sedgwick nos revela cómo durante el siglo pasado surgió una categoría de clasificación sexual que ahora ha desaparecido: el «onanista,» o masturbador compulsivo. En una aguda lectura de Sense and Sensibility, la crítica estadounidense plantea que la novela de Jane Austen contiene un número de sutiles referencias que asocian a varios de sus personajes femeninos con el «desorden sexual»—bastante común en la época victoriana—de la adicción a la masturbación. Una mirada a los documentos psiquiátricos y médicos de los siglos XVIII XIX nos descubre los mecanismos de control—y de terror—mediante los cuales la sociedad impuso la noción de masturbación femenina como aberración. En este caso, el discurso médico no responde a un desorden preexistente, sino que sirve para constituirlo: al leer las descripciones de los tratamientos a los que las «adictas al onanismo» fueron sometidas, sospechamos que fueron éstos los que ocasionaron, con su terrorismo psicológico, los síntomas de adicción en las «pacientes.» Sedgwick cita un caso de 1881:

The 19th [September]. Third cauterisation of little Y ... who sobs and vociferates.
In the days that followed Y ... fought successfully against temptation. She became a child again, playing with her doll, amusing herself and laughing gayly. She begs to have her hands tied each time she is not sure of herself ... Often she is seen to make an effort at control. Nonetheless she does it two or three times every twenty-four hours ...
The 23rd, she repeats: «I deserve to be burnt and I will be. I will be brave during the operation, I won't cry. » From ten at night until six in the morning, she has a terrible attack, falling several times into a swoon that lasted about a quarter of an hour. At times she had visual hallucinations. At other times she became delirious, wild eyed, saying: «Turn the page, who is hitting me, etc.»
The 25th I apply a hot point to X’s clitoris. She submits to the operation without wincing, and for twenty four hours after the operation she is perfectly good. But then she returns with renewed frenzy to her old habits. 
(120-121)

Este es un caso extremo que nos ilustra los peligros de cualquier culto a la identidad como algo fijo e inmutable. La identidad del «onanista» constituye el obverso de la persona «decente.» La pequeña X, al verse encasillada como «niña masturbadora,» se ve sometida a la extirpación del clítoris para poder pasar al otro extremo y convertirse en «pura.» Sin duda la irracionalidad y extremidad de este ejemplo nos resulta más obvia en parte porque la categoría del «onanista» ha desaparecido de nuestras taxonomías sexuales.

Tendencies también analiza el caso opuesto: si la experiencia de la niña masturbadora nos revela los extremos a los que puede llevar una noción monolítica de la identidad, ¿qué pasa cuando abandonamos todo intento de encasillamiento y celebramos la fluidez, la indeterminación, la complejidad del ser humano? «Entonces tenemos a Divine,» responde Sedgwick. Divine, actor de películas setentañeras dirigidas por John Waters, constituye el máximo ejemplo de lo queer como estilo de vida. Los atuendos y el maquillaje de Divine lo convierten en una mezcla entre travesti y mujer obesa, entre aristócrata vestido(a) con lujosos atavíos y trabajador proletario. En el ensayo escrito en colaboración con Michael Moon, Sedgwick exalta las virtudes de la gran mezcolanza de identidades, apariencias y personalidades que es Divine:

To the degree that Divine could negotiate gender, she used it as a way of hurling her great body across chasms dividing classes, styles, and the ontological levels of privacy, culthood, fictional character, celebrity, and, of course, godhead. (225)


Tal vez el resto de los ensayos de Tendencies no resulten tan queer como Divine, pero en ellos encontramos bastante material para hacemos reflexionar sobre las virtudes de la heterogeneidad. «Epidemics of the Will» examina la construcción de la identidad del adicto que surge durante el siglo XIX y que ahora se manifiesta en los grupos de apoyo «anónimos.» En «A Poem is Being Written,» una pieza autobiográfica, Sedgwick nos revela su obsesión con la relación entre las nalgadas y el ritmo poético («When I was a little child, the two most rhythmic things that happened to me were spanking and poetry,» 182). Por último, «Is the Rectum Straight?» presenta una novedosa lectura de The Wings of the Dove, de Henry James, quien—según Sedgwick— siempre siguió un modelo de «fisting-as-écriture.» En Tendecies el lector encontrará un sinnúmero de cosas raras que amenazan con derrumbar no sólo la oposición binaria entre homo y heterosexualidad, sino también aquella entre teoría literaria y erotismo.

"Tendencies" fue publicado en el año 1993. Reseña de Rubén Gallo. Columbia University

viernes

EL PATRIARCADO DEL OSITO TEDDY por DONNA HARAWAY

EL PATRIARCADO DEL OSITO TEDDI por DONNA HARAWAY
Prólogo de Carmen Romero Bachiller
Traducción de Ander Gondra Aguirre
Editorial Sans Soleil Ediciones

jueves

JO TAMBÉ SÓC PUTA por ITZIAR ZIGA


Acabo de extasiarme con unas imágenes de Paula Ezkerra iniciando la campaña electoral en el Forat de la Vergonya, es candidata de la CUP por Barcelona. Tan luminosa y guerrera como cuando las calles del Raval nos hermanaron hace quizás diez años. Paula es puta y migrante argentina, activista espléndida y tenaz. Lleva décadas combatiendo la violencia estructural hacia las trabajadoras del sexo, esa misma violencia que nos alcanza a todas las mujeres. Porque la putafobia es la punta del iceberg de la misoginia, queramos aceptarlo o no.
Si todas las mujeres conjurásemos el estigma puta, el patriarcado se desvanecería como un mal sueño al alba. Con la caza de brujas, aquel feminicidio fundacional tan remoto como eficaz, se nos impuso una feminidad apocada y delatora. La puta es mi vecina, no yo. Amortiguaré mi deseo, controlaré mi presencia social. Para no destacar, para que no me señalen. Y cuando vayan a por ellas, a por las putas declaradas, callaré en el mejor de los casos. O prenderé yo misma las antorchas. Divide y vencerás.
Ellas están unidas, en Barcelona a través de la plataforma Prostitutas Indignadas. La imagen de dos putas agarrándose de los pelos por un cliente como quintaesencia de la rivalidad femenina es pura mistificación patriarcal. Por todo ello, en las luchas de las trabajadoras sexuales contra el acoso policial-administrativo al que están siendo condenadas por las atroces ordenanzas cívicas que han proliferado en nuestras ciudades cual plaga bíblica, en su valerosa insumisión al estigma puta, nos la volvemos a jugar todas las mujeres.
Contra lo que muchas proclaman, las luchas de las prostitutas son altamente feministas. Desde siempre. Nell Kimball, la madame de un burdel de Nueva Orleans de principios del siglo XX, dejó constancia de una de ellas, de una de nosotras. «Tuve una puta llamada Gladdy que era partidaria de los derechos de las mujeres. Marchaba en Filadelfia y Nueva York cuando había manifestaciones a favor del voto femenino y se clavaban alfileres en los caballos de los policías y se hablaba sobre ser igual a cualquier hombre. Gladdy era una muy buena puta».

Artículo compartido del diario Gara

domingo

ENTREVISTA A JAVIER SÁEZ, POR EDUARDO NABAL ARAGÓN



Javier Sáez nació en Burgos en 1965. Es licenciado en sociología. Realizó estudios de doctorado con Jesús Ibáñez, y de psicoanálisis en la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano con Jorge Alemán y Sergio Larriera. Actualmente vive en Estrasburgo, donde trabaja como consejero en la Secretaría General de Asuntos del Pueblo Gitano del Consejo de Europa. Acaba de traducir al castellano de "No al futuro. La teoría queer y la pulsión de muerte" de Lee Edelman (Ed. Egales)


Diario Progresista CYL (DPCYL): Has traducido al castellano algunos de los libros más importantes de la teoría queer en todo el mundo desde Monique Wittig a Judith Hallberstram además de aportar tu propia cosecha teórica y activista. (“Teoría queer y psicoanálisis”, “Por el culo “con Sejo Carrascosa) ¿No es agotador trabajar en temas que – a pesar del éxito logrado en ocasiones- dan poco dinero y no siempre llegan a toda la gente, más aún en estos tiempos? ¿Compensa el esfuerzo?

Javier Sáez (J.S.): Sin duda compensa el esfuerzo. La traducción es algo necesario cultural y políticamente, permite que los textos lleguen a muchas personas que de otro modo no tendrían posibilidad de acceder a su contenido. Es una forma de democratizar el conocimiento y la acción política. Estos libros que he traducido, Butler, Wittig, ahora el de Edelman, son herramientas de debate, de análisis y de cambio social importantes. Por otra parte el propio ejercicio de traducción es un reto apasionante, es siempre una aventura jugar con el lenguaje, y a veces hay que ser bastante creativo.

DPCYL: Lee Edelman es un teórico queer bastante iconoclasta con el que compartes un punto en común que caracteriza a la teoría queer pero que todavía es visto con muy malos ojos cuando no ignorancia supina: la herencia y la crítica del psicoanálisis y sus diferentes vertientes. ¿Cómo ves tú el legado del psicoanálisis en la teoría feminista contemporánea en autoras como Butler, De Lauretis etc?

J.S.: Creo que el legado del psicoanálisis es innegable, al menos en estas dos autoras. Butler utiliza a menudo los textos de Lacan como herramienta de subversión del sujeto, y se reapropia de enfoques analíticos para sus propios objetivos. De Lauretis es muy freudiana, aprovecha parte de la obra de Freud sobre el deseo para hacer una resignificación lesbiana del mismo, y en su último libro explora la pulsión de muerte freudiana de forma muy subversiva. La visión contemporánea del sujeto, del deseo, de las ciencias humanas, del sexo, serían impensables sin la obra de Freud, que yo considero bastante subversivo, a pesar de que tenga a veces posiciones bastante machistas. Pero para ser un señor vienés de clase media de finales del XIX lo que plantea es sorprendente.

Para mí el psicoanálisis es como un puente. No hay que quedarse en él, pero hay que pasar por él para llegar a otros sitios.

DPCYL: Edelman utiliza a Hitchcock (en concreto dos películas suyas) y algunas obras clásicas de la literatura en lengua inglesa para una visión si no negativa cuando menos altamente crítica del mundo y las instituciones heterocentradas. ¿Ves negativismo en su discurso (lo de No al futuro suena muy punk) o al contrario una revisión profunda y ya urgente de algunos de los canones de la cultura occidental?

J.S.: Creo que Edelman plantea un negativismo político, como forma de resistencia al poder. Decir no a ese señuelo de la esperanza en el futuro, al proyecto social que siempre promete un bien, decir no al futuro porque es el cebo que nos tiende el poder y que nos hace perder la libertad. Para él lo queer puede significar una posición política y ética de resistencia, de decir no a todo eso y de negarse a aceptar las identificaciones, los ideales que te propone el sistema.

En ese sentido el libro es muy subversivo, no propone nuevos ideales o una esperanza o un proyecto de futuro. Le interesa más el goce.

DPCYL: La recientemente fallecida Eve Kosofsky Sedgwick tuvo problemas en la academia por la publicación de un artículo titulado “Jane Austen y la niña masturbadora” ¿Sabes algo de la acogida de los libros de Edelman en el ámbito en que trabaja como docente?

J.S.: Sus libros han tenido un notable impacto en activistas y en académicas queer. De Lauretis lo cita mucho en sus últimos trabajos, Judith Halberstam y Leo Bersani también. Para grupos activistas se ha abierto el debate de cómo articular esa ética anti social, sin caer en una especie de pesimismo o inacción, o en una vertiente autodestructiva, de muerte, que es donde nos ubicaba el cine históricamente (el gay que acababa muerto o suicidado). Para otros grupos lgbt supone un discurso demasiado radical, contra la normalidad. Por eso mismo me gusta este libro, es incómodo y no da soluciones de manual de autoayuda.

DPCYL: Recuerdo una frase de Paco Vidarte “Ni lo queer nació en la academia ni entrará nunca en ella de forma pacífica” .No obstante, hay cada vez más gente interesada por lo queer en distintos campos culturales. ¿Cómo ves esta evolución aquí y ahora?

J.S.: Paco era un hombre brillante y muy honesto, supo ver pronto los peligros de una asimilación académica o museística de lo queer, y hablamos mucho de esos peligros, por eso cerramos el curso de la UNED sobre teoría queer, nos estábamos convirtiendo en una especie de gurús de lo queer. En mi opinión ahora hay dos derivas: una activista y política que utiliza las herramientas queer en luchas sociales concretas; y otra deriva “queer chic”, de personas que utilizan lo queer como carrera individual, explotando su atractivo para buscarse una forma de vida, alejada de los movimientos sociales. En mi caso acabé un poco cansado de ese elitismo queer, por eso el libro que escribí con Sejo Carrascosa sobre el culo fue un intento de volver a problemas reales, a la discriminación de los pasivos, con un lenguaje llano y claro no hecho para especialistas.

DPCYL: ¿Crees que la producción teórica va acompañada de una invitación a la acción? Hay aquí libros como “Intersecciones”, “El eje del mal…” o “Transfeminismos” que dan claves para un nuevo activismo alejado de viejos dogmas, pero, en ocasiones, se tiende a cierto elitismo intelectual, o al menos eso se oye en boca de muchos. ¿Crees que es una cuestión de pereza mental o hay algo de verdad en eso?

J.S.: Creo que hay algo de verdad, y algo de mentira. Por un lado creo que es legítimo que haya textos elaborados y de alto nivel intelectual; lo contrario es paternalista, es pensar que la gente es tonta y no es capaz de entender un texto elaborado. A veces hay que esforzarse, hay ideas que son complejas y exigen tiempo y un lenguaje especializado. Por otro lado es verdad que a veces desde lo queer caemos en una excesiva pedantería; incluso cuando no es necesario complicamos la sintaxis o el vocabulario. Pero los libros que mencionas son bastante orientados a la acción, hacen críticas sociales claras y bastante útiles. Tienen cierto nivel, pero son comprensibles.

DPCYL: A pesar del conservadurismo en las Universidades anglosajonas, encontramos muchos trabajos de crítica de la cultura y teoría queer (Bersani, Braidotti, D.A. Miller, Thomas Waugh, Butler…) que van entrando tímidamente en algunos programas académicos. ¿Crees que aquí sucede lo mismo o se sigue considerando una excentricidad?

J.S.: Aquí esos enfoques son muy minoritarios y mal vistos por la academia, que sigue siendo muy machista y heterocentrada. No hay ni un solo master de estudios LGTB, y menos aún queer. Lo que sí hay es más producción de libros de temática queer, pero son experiencias individuales, hechas con mucho esfuerzo, y porque hay editoriales como Egales que se arriesgan y apoyan estos proyectos.


El discurso activista de los noventa en torno a las políticas del cuerpo surgió de experiencias políticas muchas veces callejeras o enfrentadas a las instituciones más conservadoras. Tenemos a Sarah Shulman, el legado de grupos antisida en el ámbito francófono o los grupos por la despatologización de la transexualidad, también aquí en activo. ¿En tu opinión sucede también al contrario: qué la gente que lee libros como el de Edelman tiene armas para transformar la realidad o se limita a la pasión por la reflexión y la teoría?

Supongo que habrá personas que van a disfrutar sólo de una forma intelectual (sobre todo los psicoanalistas), otras que lo usarán como estrategia política, y otras harán ambas cosas. Yo creo que es una buena arma para cambiar la realidad o al menos para resistir al poder.

Entrevista realizada por Eduardo Nabal para el Diario progresista. 4/4/2014

"LLAMANDO A LOS AJAYU" por PAUL B. PRECIADO

Hace unos días, María Galindo, artista y chamactivista Boliviana, pasó por Barcelona y fue a llamar a mi “ajayu” frente a la puerta del museo. María me explica que el  ajayu es para los aymaras como el alma, pero no el alma religiosa, sino el alma política: la estructura subjetiva que hace de cada uno de nosotros una singularidad viva.  Dicen que en el lugar en el que uno es herido, allí donde a uno se le rompe un sueño, queda el ajayu deambulando. Y el mío, asegura, debe andar por allí. Lo llama y lo espera cuidadosamente porque el ajayu, dice, es más frágil que el cristal, más delicado que la porcelana. Si lo pierdes es como si estuvieras muerto.
Mientras tanto yo camino sin mi ajayu por las calles de Nueva York, inmerso en el ruido zigzagueante de los helicópteros que observan cómo un escuadrón de más de mil policías dispersa a los manifestantes que protestan por el asesinato de Freddy Gray en Baltimore. Un dron, quien sabe si buscando el ajayu de Gray, pasa por encima de mi cabeza. Sólo sus luces intermitentes, rojas y verdes, son visibles en la noche. Estos son los tiempos del dron, pienso. Abro mi teléfono y la entrevista en la que Bruce Jenner, mundialmente conocido por su pasado deportivo, habla de su cambio de sexo con Diane Sawyer es trending topic. Hubo el tiempo del halcón y de la paloma, pero ahora ya estamos en el tiempo del dron y del tuit. El tiempo de la vigilancia estelar y de la auto-vigilancia mediática. Y no sé si soy Charlie Hebdo o no, pero seguro que, vagabundo y sin mi ajayu, medio muerto y medio vivo, soy una mezcla improbable de Freddy Gray y Bruce Jenner.
Los paparazis esperaban ya desde hace días que Bruce Jenner saliera a la puerta de su casa de Malibu con vestido y maquillaje. Le esperaban como la policía espera a que un cuerpo no-blanco mueva una mano para empezar a disparar. Querían verificar si se había extirpado la nuez, si le han crecido los pechos. La mayor democracia neoliberal del planeta distribuye las oportunidades de vivir, de ser considerado ciudadano político, de acuerdo a epistemologías visuales binarias: diferencias sexuales, raciales y de género. Twitter se incendiaba como si un vestido de rayas verdes fuera una colt 45 –en realidad, en 32 estados norteamericanos Bruce podría llevar una colt 45, pero no un vestido–. Y luego llega la entrevista en televisión y Bruce dice: “Soy una mujer.” Intenta desesperadamente encontrar reconocimiento en la esfera pública dominante a través de un ejercicio atlético de auto-nominación. Pero rápidamente se disculpa: le pueden seguir llamando “él”, no quiere herir a nadie, lo más importante son sus hijos, es un buen patriota. No hay reconocimiento sin normalización. Los aymaras dirían que se ha dejado robar el ajayu. Y de repente, ese estudio de televisión, el salón de cualquier casa conectado al canal ABC, cualquier ordenador, este teléfono móvil se convierte en un quirófano multimedia en el que se lleva a cabo una operación de reasignación sexual. La globalmente íntima conversación con Diane Sawyer toma ahora el lugar que en otro momento tenía el freakshow, la clínica o el juzgado. La entrevista condensa todas esas retóricas: la confesión, el diagnóstico y la evaluación médica, el castigo público, la sumisión al sistema. Cualquier tentativa de poner en cuestión la metafísica de la presencia se estrella contra la pantalla.
No hay una relación lineal entre la mejora de las condiciones de vida de las personas transgénero y el aumento de su visibilidad en los medios de comunicación. El salto de Jenner a la primera línea de Google es sólo un paradójico desplazamiento político: es al mismo tiempo un movimiento estratégico por el reconocimiento de otras formas de vida, pero también se trata de un proceso de control y vigilancia de género a través de los medios de comunicación. Es en ese estrecho espacio de convenciones y normas donde nuestro género es constantemente fabricado, pero también donde puede ser puesto en cuestión. El género sólo existe como efecto de esos procesos sociales y políticos, fallidos o naturalizados, de representación –el ajayu no tiene género–. Pero, ¿dónde estará entonces el ajayu de Bruce Jenner? Desde aquí lo llamo. 

Artículo compartido de El Estado mental

jueves

"READY-MADE POLÍTICOS" por PAUL B. PRECIADO


En 1964 Andy Warhol, llevando a Marcel Duchamp a la era de la cultura de la comunicación de masas, inventa lo que podríamos llamar el ready-made político al recortar y enmarcar una fotografía periodística de las revueltas de la población negra de Birmingham en la que uno de los manifestantes es asediado por un perro policía. Lejos de la simple estetización de una imagen política, la estrategia de Warhol pone en cuestión la impermeabilidad de los códigos políticos y estéticos de representación y solicita una nueva inteligencia visual por parte del espectador. Judith Butler nos enseña que la identidad de género se produce a través de un proceso similar al que Warhol utilizó para producir su ready-made político.
El género en disputa viene a desplazar definitivamente la interpretación de la feminidad y la masculinidad, del sexo y de la sexualidad, del dominio de la naturaleza para llevarlos hasta el ámbito del análisis de la representación, al definir la identidad de género y sexual como efectos performativos del discurso: al mismo tiempo, procesos de repetición socialmente regulados y resultados de invocaciones de la norma heterosexual.
Butler nos enseña con Foucault que la historia de la sexualidad es la historia de los códigos culturales de representación a través de los que el cuerpo se vuelve inteligible, público, mediático.
Mientras que tanto el feminismo liberal como el lesbianismo radical denuncian la masculinidad de la butch,la lesbiana marimacho, o la feminidad de la drag queen como si se tratara de meras reproducciones del orden heterosexual dominante, Butler hará de la butch y de la drag auténticos prismas culturales cuya fuerza subversiva es poner de manifiesto la estructura paródica, teatral y performativa del género. Para Butler, al disociar radicalmente representación de género y anatomía, la drag queen y la butch ponen de manifiesto que el “género no tiene estatuto ontológico fuera de los actos que lo constituyen”. La masculinidad y la feminidad no son efectos naturales de una anatomía o una psicología precisa, sino ficciones culturales, códigos, signos, representaciones, que incorporamos a través de la repetición ritualizada de prácticas, modos de hacer más que esencias. El golpe maestro de Butler podría resumirse así: la verdad del género pertenece al ámbito de la estética, de la producción de representaciones compartidas, y no al de la metafísica (ya sea ésta biológica, lingüística o psicoanalítica). 
La crítica de Judith Butler opera como un filtro hermenéutico que se proyecta hacia el pasado permitiéndonos leer los trabajos de diferentes artistas y colectivos feministas como antecedentes del activismo performativo. Así, por ejemplo, los ejercicios de travestismo de Claude Cahun o Marcel Duchamp serán ahora resituados en una genealogía performativa junto con las autofiguraciones de Eleanor Antin, Cindy Sherman, Adrian Piper o Martha Rosler como anticipaciones de la tarea de deconstrucción que más tarde llevarán a cabo Del LaGrace Volcano, Hans Schreil, Asian Punk Boy, Cabello/ Carcéller, Annie Sprinkle o Tracey Emin. Al mismo tiempo, los conceptos butlerianos de inversión performativa,resignificación o parodia de género,revisitados por Douglas Crimp o Judith Halberstam, actuarán como verdaderas plataformas proyectivas aglutinando iniciativas políticas y estéticas marica-bolleras y trans hasta acabar convirtiéndose en auténticos criterios curatoriales hacia finales de los 90, dando lugar a eso que hoy conocemos como artivismo queer.Recogeré aquí tan sólo dos ejemplos de la profusión de estas prácticas: las estéticas antisida y las performances drag king.
Buena parte de las políticas performativas y de las estéticas de resignificación queer a las que Butler dará consistencia teórica emergen en el contexto de la crisis del sida de los años 80 y de las oleadas de homofobia y yonquifobia que la acompañan. Nos encontramos frente a la cristalización somática de un paradigma de significación cultural. El sida es a la posmodernidad lo que la peste o las enfermedades venéreas eran a las sociedades modernas y la lepra a las sociedades tradicionales: el modo en el que el poder atraviesa los cuerpos y los marca como abyectos. Frente al rechazo y la victimización institucionales, el colectivo Act Up, creado en Nueva York en 1987 como una guerrilla sexual urbana, actúa a través de un brazo-armado-estético de propaganda cultural, Gran Fury, cuyo objetivo es intervenir en el espacio de la representación donde se producen las nociones de sano y enfermo, de normal y desviado. Reclamando el carácter político de toda representación audiovisual, uno de los primeros slogans de Act Up será “ni una imagen más sin contexto político”. Declinando estrategias inspiradas al mismo tiempo en el activismo radical feminista de los años 70, Barbara Kruger, Hans Haacke o Art and Language, los artivistas de Gran Fury se constituyen en contra-media y cubren las calles con gráficos en blanco y negro, fácilmente reconocibles, en los que el discurso desplaza a la imagen, o utilizan técnicas performativas para generar una nueva forma de visibilidad del sida. Surgen así los conocidos slogans “Con 47.524 muertos, el arte no basta” y “Silencio= Muerte” o las hoy famosas técnicas de intervención en el espacio público como el kissing (besos colectivos de gays, lesbianas y trans en espacios públicos en los que el imperativo heterosexual resulta invisible como en los centros comerciales o en el cine) o el dying (teatralización de la muerte en manifestaciones o como reacción frente a la intervención policial), que serán rápidamente reapropiados por grupos de guerrilla de género y sexual como Queer Nation en Estados Unidos, Radical Faries en Inglaterra o Les Pantheres Roses en Francia y que infiltrarán poco después el arte institucional en trabajos como los de Félix González-Torres.
Mientras que, desde los años 70, tanto buena parte de las feministas como los filósofos y psicoanalistas más conservadores parecían ponerse de acuerdo acerca del carácter de construcción cultural de la feminidad, habrá que esperar a la crítica butleriana y a la emergencia de la cultura drag king a mediados de los años 80 para que la masculinidad sea interpretada también como parodia o artificio. Una vez más, la masculinidad no es sino un ready-made político camuflado de naturaleza: el efecto de la manipulación intertextual de una multiplicidad de convenciones de estilo. La diferencia entre la masculinidad de un machito español y la de un sofisticado drag king no reside en el carácter de artificio de esta última, sino en el grado de conciencia performativa. El drag king se sabe artificio mientras que el machito prefiere seguir ignorando los procesos teatrales y políticos que producen su consistencia cultural. Dicho de otro modo, el machito español es una identidad kitsch, mientras que el drag king es camp.
En los años 80, el artista Del (entonces Dela) LaGrace Volcano comienza a fotografiar la cultura butch-fem y lesbianaS&Mdelclub londinense Chain Reaction y produce Love Bites.Al mismo tiempo, Diane Torr, artista y performer,pone en marcha los primeros Talleres de Drag King en Nueva York. El trabajo de Diane Torr, centrado en la toma de conciencia del carácter performativo del género y en el re-aprendizaje corporal de la masculinidad, aparece como un verdadero espacio de transición entre la cultura de la performance feminista americana de los años 70 y la cultura drag king específicamente queer de los 90. Se trata, según Torr, de crear a través del aprendizaje teatral de la masculinidad un nuevo territorio para la experiencia del cuerpo que ha sido vetado a las mujeres en función de una distribución política del género. Torr muestra que mientras que un verdadero hombre se sienta con las piernas abiertas ocupando un máximo de espacio, una verdadera mujer cruza púdicamente las piernas hasta volverse cuasi-plegable. La masculinidad es, según este análisis performativo típicamente butleriano, un principio de extensión, mientras que la feminidad aparece como una obligación de pliegue, y en el límite, afirma Diane Torr, una forma de “discapacidad y de invisibilidad”. Para Diane Torr, este aprendizaje teatral de la masculinidad genera una redefinición de los límites entre lo privado y lo público, transformando el espacio de acción política y sexual del cuerpo.
Durante los años 90, Del LaGrace Volcano y la teórica Judith Halberstam documentan las escenas de la cultura drag king de Londres, Nueva York y San Francisco que darán lugar a la publicación de The Drag King Book.La importancia del proyecto común de Halberstam y Del LaGrace reside en que tanto la representación como el discurso en torno a la cultura lesbiana, butch-fem y king no provienen de lo que podríamos llamar, con la expresión de Monique Wittig, la antropología o la sociología hetero sino que son el resultado de un proceso de autorepresentación y autonominación. Se afirma así una cultura de producción de visibilidad maricobollera y trans en torno a la que trabajan inmunerables artistas y colectivos como Split Britches, The Five Lesbian Brothers, Shelly Mars, Bridge Markland, Antonia Baehr, Los Kings del Berry o el colectivo español Orgía, que lejos de conformarse con el reciclaje paródico de los códigos dominantes de género, aspiran a la produción de cuerpos y subjetivades disidentes.
En definitiva, si fuera necesario hablar de un artivismo queer habría que asegurarse de no hacer de esta denominación un vector naturalizado. Del mismo modo que la categoría de mujer no explica ni agota el arte feminista, el artivismo queer no reúne a los artistas gays, lesbianas o transexuales como si de ciertas identidades sexuales emanara de forma espontánea una estética determinada, o como si, como quería Susan Sontag, los parias sexuales de nuestra sociedad constituyeran una cierta aristocracia del gusto, sino que más bien indica la capacidad crítica de un conjunto de estrategias de intervención en el ámbito de producción de la sexualidad como espacio de visibilidad pública.

domingo

"La islamofobia crece en Europa" por Javier Sáez.

A partir del atentado a la revista parisina Charlie Hebdo, se incrementó la discriminación hacia los musulmanes, que son usados como excusa de los males que vive el viejo continente.



En los últimos meses, tras el atentado a los periodistas de Charlie Hebdo y la detención de algunos yihadistas en diversos países europeos, vuelven a escucharse en los foros políticos frases como “la amenaza del Islam”, “el conflicto Oriente-Occidente”, “ellos contra nosotros”, “los bárbaros que amenazan nuestros valores”, donde se identifica sistemáticamente a los creyentes musulmanes con el radicalismo, el terrorismo y el fanatismo integrista islámico.
La islamofobia que recorre Europa tiene un presupuesto de fondo profundamente racista, algo que no se explicita pero que está en la sombra de sus planteamientos. Europa sería una especie de entidad estable y homogénea, casi eterna, con una serie de valores “propios” vinculados al cristianismo (la civilización) y –sin que esto se diga de forma explícita– cuna de una raza blanca “autóctona” que se ve amenazada por otras etnias y creencias “extranjeras”.
Aunque se suele señalar el 11-S como uno de los momentos cruciales en el ascenso de la islamofobia en Europa y en EE.UU., el rechazo a los musulmanes es algo que está presente en Europa a lo largo de toda su historia. La islamofobia hunde sus raíces en ese proyecto de homogeneización social, cultural, étnica, sexual y religiosa que está en los orígenes del proyecto europeo: desde las expulsiones de judíos en España a finales del siglo XV y moriscos en el XVII, hasta las numerosas persecuciones contra los gitanos en toda Europa (que llegaron a legalizar su esclavitud en Rumanía y Moldavia), pasando por los pogromos antisemitas en numerosos países, y por la persecución y quema de los sodomitas y de las “brujas” (en realidad, mujeres libres e independientes).
Vemos desplegarse en esos siglos por toda Europa una serie de prácticas represivas intolerantes que buscan la homogeneización. Este proceso se agrava con la aparición de los Estados nación, que consolidan esa visión monolítica y uniforme de la sociedad. El islam es construido ya desde la Edad Media como lo otro, esa otredad que amenaza una mítica pureza blanca y cristiana europea.
Aunque la religión musulmana es una parte central de las culturas europeas desde hace trece siglos, los procesos de escritura de la historia intentan borrar una y otra vez su legado y su influencia. La religión musulmana es descrita como extranjera, ajena, exterior, oriental, exótica, bárbara, es “el otro”. Y en paralelo se construye el mito del cristianismo como la religión de “los europeos”.
De hecho, vemos hoy en día intentos de este tipo en algunos países europeos como Hungría, que en 2011 aprobó una Constitución que consagraba el catolicismo como religión del país; o el caso del dictador Franco en España, que impuso esta misma religión durante cuarenta años. Los millones de musulmanes que hay en los países balcánicos y en otros países de Europa desde hace muchos siglos son silenciados sistemáticamente en la representación cultural. Eso no es Europa. Esos no son “nuestros” valores. Eso nos recuerda a la perspectiva que aún se tiene a veces sobre los gitanos: aunque son ciudadanos tan europeos como los payos, aun hoy se les sigue considerando “extranjeros” (“vienen de la India”; como si los payos hubiéramos salido del suelo como los espárragos; los payos no venimos de ninguna parte) y son discriminados sistemáticamente en toda Europa.
Como vemos, la islamofobia institucional ha estado siempre presente en el seno del proyecto europeo. No es algo nuevo. Por eso ha sido fácil reavivar los sentimientos de hostilidad contra los musulmanes en los últimos treinta años, cuando vemos reaparecer fuertes discursos islamófobos en muchos países de Europa y numerosos delitos de odio contra personas musulmanas. El informe de 2006 de la Agencia Europea de Derechos Fundamentales “Muslims in the European Union: Discrimination and Islamophobia” señala que los actos de discriminación contra personas musulmanas son moneda corriente en todos los países de la UE, y alerta sobre el ascenso de delitos y discursos de odio contra estas personas. Los ataques a mezquitas, la quema de viviendas y albergues, la discriminación en el acceso al empleo, los insultos y las agresiones físicas se suceden en muchas ciudades de Europa contra personas musulmanas.
Según el estudio de la ONG británica Runnymede Trust (Islamophobia: a challenge for all us, 1996), la islamofobia tiene al menos ocho características esenciales:
-La creencia de que el islam es un bloque monolítico, estático y refractario al cambio.
-La creencia de que el islam es radicalmente distinto de otras religiones y culturas, con las que no comparte valores y/o influencias.
-La consideración de que el islam es inferior a la cultura occidental: primitivo, irracional, bárbaro y sexista.
-La idea de que el islam es, per se, violento y hostil, propenso al racismo y al choque de civilizaciones.
-La idea de que en el islam, la ideología política y la religión están íntimamente unidos.
-El rechazo global a las críticas a Occidente formuladas desde ámbitos musulmanes.
-La justificación de prácticas discriminatorias y excluyentes hacia los musulmanes.
-La consideración de dicha hostilidad hacia los musulmanes como algo natural y habitual.
Vemos todos estos rasgos en el movimiento islamófobo más llamativo en la actualidad, PEGIDA (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente). Desde octubre de 2014 organiza manifestaciones en Dresde y en otras ciudades alemanas en contra de una supuesta “islamización” del país. No es casualidad el claro vínculo de sus participantes y organizadores con la extrema derecha. De hecho la islamofobia es una de las señas de identidad de todos los movimientos ultraderechistas europeos, que aprovechan el descontento social de la crisis para atraer fieles y culpabilizar de la pobreza y del paro a diferentes cabezas de turco: los musulmanes, los inmigrantes, los gitanos.
Falsa defensa de los derechos civiles
Otra vertiente sutil de la islamofobia tiene que ver con la “defensa de los derechos civiles”. Un caso llamativo es el uso de la igualdad entre hombres y mujeres como argumento contra los/as musulmanes/as. En nombre de “la libertad de la mujer” muchos líderes nacionales y locales legislan en contra de que las mujeres puedan usar el velo (pero sin contar con la opinión de las mujeres musulmanas sobre el tema). Otro enfoque parecido es el que tenía el líder ultra holandés Pim Fortuyn, quien, siendo gay, basaba su islamofobia en el argumento de que los musulmanes amenazaban la libertad de las personas lgbt. Esta estrategia de la islamofobia, que se llama homonacionalismo, ha sido analizada por Jasbir Puar en su libro Terrorist Assemblages: considerar a los musulmanes como esencialmente homófobos, es decir, utilizar los derechos de minorías como las personas lgbt para alimentar la islamofobia.
En este contexto, las autoridades europeas y sus políticas actuales de austeridad tienen una responsabilidad que asumir. Aunque formalmente las instituciones europeas protegen los derechos humanos y la igualdad de trato, sus políticas neoliberales han agravado las desigualdades y han desmantelado los estados del bienestar en muchos países europeos. Eso ha creado las condiciones ideales para el ascenso del apoyo social al discurso ultraderechista islamófobo, que usa mensajes simples ante problemas complejos, y que desgraciadamente tienen cada vez más apoyo popular (partidos como Liga Norte, Front National, UKIP, Amanecer Dorado, Jobbik, y miles de grupos y webs neonazis a las que los servicios policiales y de justicia deberían prestar mucha más atención). Por otra parte, las duras políticas antiinmigración que mantiene la Unión Europea y los discursos de algunos de sus líderes, presentan la idea de una Europa-bastión que debe “resistir” los asedios de ese “otro” que intenta entrar en Europa por la valla de Melilla o en los numerosos barcos de refugiados que naufragan cada semana en el Mediterráneo.
A menudo se identifica a estos refugiados con “terroristas yihadistas” como hizo de forma irresponsable el ministro del Interior español recientemente. Por eso, no basta con condenar de forma abstracta la islamofobia. Las instituciones europeas y sus Estados deben cambiar sus políticas sociales y económicas; sólo Estados más solidarios capaces de reducir la pobreza lograrán que no aumente el apoyo popular a los grupos y partidos islamófobos. Sólo reconociendo esa conexión estructural podremos detener el ascenso de la extrema derecha y la repetición de una historia que conocemos demasiado bien en Europa.
Sociólogo. Docente universitario. Ex relator sobre discriminación a pueblos gitanos del Consejo de Europa. Creador de la página www.hartza.com
Artículo compartido de Diario Contexto.

miércoles

Entrevista a Judith Butler

Judith Butler

—En qué momento está el feminismo norteamericano?
—Necesita establecer alianzas globales.
—¿Alianzas con quién? 
—Hay que dejar de pensar en el feminismo como algo que pertenece a las mujeres en entornos urbanos del mundo occidental.
—¿Alianzas con mujeres de otras culturas? 
—Sí, con mujeres en situaciones globales muy diversas. Y es importante que el feminismo se siga estructurando como una lucha contra la violencia, tanto la de género como la de la guerra. Y también me parece importante que el feminismo establezca alianzas con las minorías sexuales.
—¿Por qué mezclar guerra y feminismo? 
—Porque es sintomático que Bush declarara que la guerra en Afganistán se hacía para liberar a las mujeres afganas.
—¿Ha fracasado el feminismo del siglo XX? 
—Yo tengo una visión positiva. La progresión ha sido desigual, pero claramente podemos ver que hay mejores salarios y condiciones de trabajo para las mujeres. Y en buena parte del contexto global las mujeres tienen más participación en la decisión política.
—Sea autocrítica. 
—Algunas formas de pensar feministas eran demasiado rígidas, pensaban en el hombre como el opresor y en la mujer como víctima.
—¿No se corresponde a la realidad? 
—No, el feminismo que atrae a las nuevas generaciones es el que acentúa la libertad y el poder más que la victimización. El feminismo necesita un discurso afirmativo y, sobre todo, cuestionar lo que significa ser mujer y ser hombre.
¿No estamos definidos por la biología?
No, la biología es importante pero el género se construye de diferentes maneras en diferentes culturas, y lo que es más interesante es que cada una de esas construcciones se piensa a sí misma como natural. Hoy sabemos que no hay un único patrón con respecto a lo que significa ser hombre o ser mujer.
—¿Entonces? 
—Mi propuesta es que pongamos en cuestión la estigmatización con la que se carga a las personas que no corresponden con la norma de género y sexual.
—Usted se refiere al diferente, no a lo femenino.
—Incluso las mujeres que aparecen como muy femeninas tienen que luchar cada día para defender esa feminidad, tienen que maquillarse, arreglarse, controlar sus andares… Todos esos gestos son parte de lo que construye el género en la vida cotidiana.
—Pero igual es un placer, un juego.
—Aun así sufren la ansiedad o el miedo de no responder a ese tipo de construcción.
—Todos representamos un papel, una suma de roles.
—Propongo que esos modelos sociales acepten estilos singulares. Simone de Beauvoir decía que no se nace mujer sino que se deviene mujer. Si uno se puede convertir en una mujer, ¿es posible convertirse en algo que no sea una mujer?
—¿?
—El feminismo siempre se ha interesado por cuál es la versión de lo femenino a la que se debe llegar, necesitamos nociones de género más amplias que permitan que las personas puedan vivir de manera más abierta.
—Pues el 90% de las adolescentes de su país piden como regalo de graduación una operación de pechos.
—Eso muestra precisamente que muchas jóvenes tienen ansiedad con respecto a sus posibles carencias para incorporar las normas de feminidad. Pero coexisten también movimientos de juventud que cuestionan las normas de género.
—¿Cuál es su propuesta para ellas? 
—Ofrecer una filosofía de la libertad. Lo importante es dirigirnos al deseo que todos tenemos de aceptar la complejidad del otro, de lo diferente. Algo que aparece después de esa primera sensación de rechazo que devienen de nuestros estereotipos.
En España mueren asesinadas por sus compañeros casi dos mujeres a la semana.
—Por eso insisto en que el feminismo necesita ser afirmativo y salir de la victimización, que esas mujeres adquieran capacidad de actuar y de resistir esos modelos de feminidad, por ejemplo, aprendiendo técnicas de autodefensa.
Ahora me ha sorprendido.
—Puede parecer muy banal, pero se trata de un feminismo no victimizante que insiste en la capacidad que tienen las mujeres en resistir los modelos de género. Y también creo en el aprendizaje y la lectura como medio para salir del espacio doméstico y de las normas; creo en las estrategias de desarrollo de poder personal.
Vida sacrificada
Cuando le pregunta a su hijo si ha sido difícil crecer con dos madres, él le responde que no, que lo difícil ha sido crecer con dos profesoras. Butler, que ha dirigido un seminario en el MACBA, es una de las más destacadas pensadoras feministas estadounidenses, la autora más referenciada en la literatura feminista actual. Para ella género, sexo y sexualidad se producen culturalmente a través de acciones repetidas dentro de un discurso regulador. Refuta la idea de que el sexo sea el que dé origen al género. Sexo y sexualidad, lejos de ser algo natural, son algo construido. Apela al feminismo de la multidiferencia y propone una pregunta para las mujeres: ¿seguiría siendo una mujer si no viviera esta vida sacrificada?

Entrevista realizada por Ima Sanchís y publicada en La Vanguardia el 19 Agosto de 2007.

lunes

"Las cinco estrategias del capitalismo contra los movimientos sociales" por Silvia Federici

Nombrar lo intolerable: la acumulación primitiva y la reestructuración de la reproducción

Silvia Federici
La reestructuración de la economía mundial ha adoptado cinco estrategias básicas para dar respuesta al ciclo de luchas sociales que entre los años sesenta y los setenta transformaron la organización de la reproducción y las relaciones de clase. Primero, se ha producido una expansión del mercado de trabajo. La globalización ha producido un salto histórico en el tamaño del mundo proletario, tanto mediante un proceso global de «cercamiento» que ha provocado la separación de millones de personas de sus tierras, sus trabajos y sus «derechos consuetudinarios», como mediante el aumento del empleo de las mujeres. No es sorprendente que la globalización se nos aparezca como un proceso de acumulación primitiva, que ha asumido formas variadas. En el Norte, la globalización ha asumido la forma de la deslocalización y la desconcentración industrial, así como de la flexibilización, la precarización laboral y el método Toyota o JIT [Just In Time, «justo a tiempo»].(1) En los antiguos países socialistas, se ha producido la desestatalización de la industria, la descolectivización de la agricultura y la privatización de la riqueza social. En el Sur, hemos sido testigos de la «maquilización» de la producción, la liberalización de las importaciones y las privatizaciones de las tierras. El objetivo, de todas maneras, era el mismo en todas partes. 
Mediante la destrucción de las economías de subsistencia y la separación de los productores de los medios de subsistencia, al provocar la dependencia de ingresos monetarios a millones de personas, incluso a aquellas imposibilitadas para adquirir un trabajo asalariado, la clase capitalista ha relanzado el proceso de acumulación y recortado los costes de la producción laboral. Dos mil millones de personas han sido arrojados al mercado laboral demostrando la falacia de las teorías que defienden que el capitalismo ya no necesita cantidades masivas de trabajo vivo, porque presumiblemente descansa en la creciente automatización del trabajo.
Segundo, la desterritorialización del capital y la financiarización de las actividades económicas, posibilitadas por la «revolución informática», han creado las condiciones económicas por las que la acumulación primitiva se ha convertido en un proceso permanente, mediante el movimiento casi instantáneo del capital a lo largo del planeta, al haber derribado una y otra vez las barreras levantadas contra el capital por la resistencia de los trabajadores a la explotación.
Tercero, hemos sido testigos de la desinversión sistemática que el Estado ha llevado a cabo en la reproducción de la fuerza de trabajo, implementada mediante los programas de ajuste estructural y el desmantelamiento del «Estado de bienestar». Como se ha mencionado anteriormente, las luchas llevadas a cabo durante los años sesenta han enseñado a la clase capitalista que la inversión en la reproducción de la fuerza de trabajo no se traduce necesariamente en una mayor productividad laboral. Como resultado de esto, surgen ciertas políticas y una ideología que resignifica a los trabajadores como microemprendedores, supuestamente responsables de la inversión en ellos mismos y únicos beneficiarios de las actividades reproductivas en ellos materializadas. En consecuencia se ha producido un cambio en los ejes temporales existentes entre reproducción y acumulación. Los trabajadores se ven obligados a hacerse cargo de los costes de su reproducción en la medida en que se han reducido los subsidios en sanidad, educación, pensiones y transporte público, además de sufrir un aumento de los impuestos, con lo que cada articulación de la reproducción de la fuerza de trabajo ha devenido un momento de acumulación inmediata.
Cuarto, la apropiación empresarial y la destrucción de bosques, océanos, aguas, bancos de peces, arrecifes de coral y de especies animales y vegetales han alcanzado un pico histórico. País tras país, de África a las islas del Pacífico, inmensas áreas agrícolas y aguas costeras ―el hogar y los medios de subsistencia de extensas poblaciones― han sido privatizadas y hechas accesibles para la agroindustria, la extracción mineral o la pesca industrial. La globalización ha revelado, sin lugar a dudas, el coste real de la producción capitalista y de la tecnología lo que hace imposible hablar, tal y como Marx hizo en los Grundrisse, de «la gran influencia civilizadora del capital» que surge de su «apropiación universal tanto de la naturaleza como de la relación social misma» donde «la naturaleza se convierte puramente en objeto para el hombre, en cosa puramente útil; cesa de reconocérsele como poder para sí; incluso el reconocimiento teórico de sus leyes autónomas aparece solo como una artimaña para someterla a las necesidades humanas, sea como objeto del consumo, sea como medio de la producción». (2)
En el año 2011, tras el derrame de petróleo de BP y el desastre de Fukushima ―entre otros desastres producidos por los negocios corporativos―, cuando los océanos agonizan, atrapados entre islas de basura, y el espacio se ha convertido en un vertedero además de en un depósito armamentístico, estas palabras no pueden sonar más que como ominosas reverberaciones.
Este desarrollo ha afectado, en diferentes grados, a todas las poblaciones del planeta. Aun así, como mejor se define el Nuevo Orden Mundial es como un proceso de recolonización. Lejos de comprimir el planeta en una red de circuitos interdependientes, lo ha reconstruido como un sistema de estructura piramidal, al aumentar las desigualdades y la polarización social y económica, y al profundizar las jerarquías que históricamente han caracterizado la división sexual e internacional del trabajo, y que se habían visto socavadas gracias a las luchas anticoloniales y feministas.
El centro estratégico de la acumulación primitiva lo ha conformado el mundo colonial, mundo de plantaciones y esclavismo, históricamente el corazón del sistema capitalista. Lo llamo «centro estratégico» porque su reestructuración ha proporcionado los cimientos y las condiciones necesarias para la reorganización global del mercado de trabajo. Ha sido aquí, de hecho, donde hemos sido testigos de los primeros y más radicales procesos de expropiación y pauperización y de la desinversión más ingente del Estado en la fuerza de trabajo. Estos procesos están perfectamente documentados. Desde principios de los años ochenta, como consecuencia de los ajustes estructurales, el desempleo en la mayor parte de los países del «Tercer Mundo» ha crecido tanto que la USAID (3) [Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional] podía reclutar trabajadores ofreciendo tan solo «comida por trabajo». Los salarios han caído de tal manera que se ha comprobado que las trabajadoras de las maquilas tienen que comprar la leche por vasos o los huevos y tomates por unidad. Poblaciones enteras se han visto desmonetarizadas, al mismo tiempo que se les ha arrebatado las tierras para concedérselas a proyectos gubernamentales o a inversores extranjeros. Actualmente, medio continente africano se encuentra bajo emergencia alimentaria (4). En África Oriental, del Níger a Nigeria y hasta Ghana, el suministro de electricidad ha desaparecido, las redes eléctricas nacionales han sido desarticuladas, obligando a aquellos que tienen dinero a comprar generadores individuales cuyo zumbido llena las noches, dificultando el sueño de la gente. La sanidad estatal y los presupuestos de educación, los subsidios a los agricultores, las ayudas para las necesidades básicas, todas ellas han sido desmanteladas, reducidas drásticamente y suprimidas. En consecuencia, la esperanza de vida está descendiendo y han reaparecido fenómenos que se suponía que el capitalismo había borrado de la faz de la tierra hace mucho tiempo: hambrunas, hambre, epidemias recurrentes, incluso la caza de brujas.(5) En aquellos lugares en los que los «planes de austeridad» y la apropiación de tierras no pudieron concluir su tarea, la ha rematado la guerra, abriendo nuevos campos para la extracción de crudo y la recolección de diamantes o coltán. Y en lo que respecta a la población objetivo de esta desposesión, se han convertido en los sujetos de una nueva diáspora, que arroja a millones de personas del campo a las ciudades, que cada vez más se asemejan a campamentos. Mike Davis ha utilizado la frase «planeta de ciudades miseria» en referencia a esta situación, pero una descripción más correcta y vívida hablaría de un planeta de guetos y un régimen de apartheid global.
Si además tenemos en cuenta que, mediante la deuda y el ajuste estructural, los países del «Tercer Mundo» se han visto obligados a desviar la producción alimentaria del mercado doméstico al mercado de exportación, convertir tierras arables y cultivables para el consumo humano en terrenos de extracción mineral, deforestar tierras, y convertirse en vertederos de todo tipo de desechos así como en campo de depredación para las corporaciones cazadoras de genes,(6) entonces, debemos concluir que, en los planes del capital internacional, existen zonas del planeta destinadas a una «reproducción cercana a cero». De hecho, la destrucción de la vida en todas sus formas es hoy tan importante como la fuerza productiva del biopoder en la estructuración de las relaciones capitalistas, destrucción dirigida a adquirir materias primas, «desacumular» trabajadores no deseados, debilitar la resistencia y disminuir los costes de la producción laboral.
Hasta qué punto ha llegado el subdesarrollo de la reproducción de la fuerza de trabajo mundial se refleja en los millones de personas que frente a la necesidad de emigrar se arriesgan a dificultades indecibles y a la perspectiva de la muerte y el encarcelamiento. Ciertamente la migración no es tan solo una necesidad, sino también un éxodo hacia niveles más altos de resistencia, un camino hacia la reapropiación de la riqueza robada, como argumentan Yann Moulier Boutang, Dimitris Papadopoulos y otros autores (7). Esta es la razón por la que la migración ha adquirido un carácter tan autónomo que dificulta su utilización como mecanismo regulador de la reestructuración del mercado laboral. Pero no hay duda alguna de que si millones de personas abandonan su país hacia un destino incierto, a cientos de kilómetros de sus hogares, es porque no pueden reproducirse por sí mismas, al menos no bajo las condiciones necesarias. Esto se hace especialmente evidente cuando consideramos que la mitad de los migrantes son mujeres, muchas con hijos que deben dejar atrás. Desde un punto de vista histórico esta práctica es altamente inusual. Las mujeres son habitualmente las que se quedan, y no debido a falta de iniciativa o por impedimentos tradicionalistas, sino porque son aquellas a las que se ha hecho sentir más responsables de la reproducción de sus familias. Son las que deben garantizar que sus hijos tengan comida, a menudo quedándose ellas mismas sin comer, y las que se cercioran de que los ancianos y los enfermos reciben cuidados. Por eso cuando cientos de miles de ellas abandonan sus hogares para enfrentarse a años de humillaciones y aislamiento, viviendo con la angustia de no ser capaces de proporcionarles a sus seres queridos los mismos cuidados que les dan a extraños en otras partes del mundo, sabemos que algo dramático está sucediendo en la organización del mundo reproductivo.
Debemos rechazar, de todas maneras, la afirmación de que la indiferencia de la clase capitalista internacional frente a la pérdida de vidas que produce el capitalismo es una prueba de que el capital ya no necesita el trabajo vivo. Más cuando en realidad la destrucción a gran escala de la vida ha sido un componente estructural del capitalismo desde sus inicios, como necesaria contrapartida a la acumulación de la fuerza de trabajo, acumulación que inevitablemente supone un proceso violento. La recurrente «crisis reproductiva» de la que hemos sido testigos en África durante las últimas décadas se encuentra enraizada en esta dialéctica de acumulación y destrucción de trabajo. También la expansión del trabajo no contractual y otros fenómenos que deberían ser considerados como abominaciones en un «mundo moderno» ―como las encarcelaciones masivas, el tráfico de sangre, órganos y otras partes del cuerpo humano― deben ser leídas dentro de este contexto.
El capitalismo promueve una crisis reproductiva permanente. Si esto no ha sido más visible en nuestras vidas, por lo menos en muchas partes del Norte Global, es porque las catástrofes humanas que ha causado han sido en su mayor parte externalizadas, confinadas a las colonias y racionalizadas como un efecto de una cultura retrógrada o un apego a tradiciones erróneas y «tribales». Sobre todo durante la mayor parte de los años ochenta y noventa, los efectos de la reestructuración global apenas se notaron en el Norte, excepto dentro de las comunidades de color, o bien se presentaron como alternativas liberadoras frente a la regimentación de la rutina de 9 a 17, si no anticipaciones de una sociedad sin trabajadores.
Pero observado desde el punto de vista de la totalidad de las relaciones capital-trabajo, este desarrollo demuestra el esfuerzo continuo del capital de dispersar a los trabajadores y de minar los esfuerzos organizativos de los obreros dentro de los lugares de trabajo. Combinadas, estas tendencias han abolido los contratos sociales, desregulado las relaciones laborales, reintroducido modelos laborales no contractuales destruyendo no solo los resquicios de comunismo que las luchas obreras habían logrado sino amenazando también la creación de los nuevos comunes.
También en el Norte, los ingresos reales y las tasas de empleo han caído, el acceso a la tierra y a los espacios urbanos ha disminuido, y el empobrecimiento e incluso el hambre se han extendido. Treinta y siete millones de personas en Estados Unidos pasan hambre, mientras que el 50 % de la población norteamericana, según un estudio de 2011 pertenece al segmento de población de «bajos ingresos». Añadamos a esto que la introducción de la tecnología, supuestamente diseñada para ahorrar tiempo, lejos de reducir la duración de la jornada laboral la ha extendido hasta el punto de que en algunos países como Japón se han vuelto a ver personas muriendo por exceso de trabajo, mientras que el tiempo de ocio y la jubilación se han convertido en un lujo. El pluriempleo es, hoy en día, una actividad necesaria para muchos trabajadores en Estados Unidos, mientras que personas de sesenta a setenta años, viendo que les han retirado las pensiones, están regresando al mercado de trabajo. Aún más significativo es el hecho de que estemos siendo testigos del desarrollo de una fuerza de trabajo vagabunda, itinerante, compelida al nomadismo, siempre en movimiento, en camiones, tráileres, autobuses, buscando trabajo allá donde aparezca una oportunidad, un destino que antes se reservaba en Estados Unidos solo a los temporeros que recogían las cosechas de los cultivos industriales, cruzando el país como pájaros migratorios.
Junto con el empobrecimiento, el desempleo, las horas extras, el número de personas sin hogar y la deuda, se ha producido un incremento de la criminalización de la clase trabajadora, mediante una política de encarcelamiento masivo de la clase obrera que recuerda al Gran Encierro del siglo XVII, (8) y la formación de un proletariado ex-lege, constituido por inmigrantes indocumentados, estudiantes que no pueden pagar sus créditos, productores o vendedores de mercancías ilícitas, trabajadoras del sexo. Es una multitud de proletarios, que existen y trabajan en las sombras, que nos recuerda que la producción de poblaciones sin derechos ―esclavos, sirvientes sin contrato, peones, convictos, sans papiers― permanece como una necesidad estructural de la acumulación capitalista.
Especialmente crudo ha sido el ataque producido sobre la juventud, particularmente sobre la de la clase trabajadora negra, potenciales herederos del Black Power, a los que nada les ha sido concedido, ni siquiera la posibilidad de un empleo seguro o del acceso a la educación. Sin embargo también para muchos jóvenes de clase media su futuro está en duda. La educación se consigue a un alto precio, provoca endeudamiento y la probable imposibilidad de devolución de los créditos estudiantiles. La competición por el empleo es dura, y las relaciones sociales son cada vez más estériles ya que la inestabilidad impide la construcción comunitaria. No sorprende pues que, entre las consecuencias sociales de la reestructuración de la reproducción, haya habido un incremento del número de suicidios juveniles, así como un repunte de la violencia contra las mujeres y los niños, incluyendo el infanticidio. Es imposible, entonces, compartir el optimismo de aquellos que, como Negri y Hardt, han argumentado en los últimos años que las nuevas formas de producción creadas por la reestructuración global de la economía ya proveen la posibilidad de formas más autónomas y más cooperativas de trabajo.
Aun así, el asalto a nuestra reproducción no ha pasado incontestada. La resistencia ha adoptado diferentes formas y muchas de ellas se han mantenido en la sombra hasta que se han convertido en fenómenos de masas. La financiación de todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana mediante el uso de las tarjetas de crédito, préstamos, endeudamiento, especialmente en Estados Unidos, debe plantearse desde este punto de vista como una respuesta al declive de los salarios y a un rechazo a la austeridad impuesta por ello, más que simplemente un producto de la manipulación financiera. En todo el mundo, está creciendo un movimiento de movimientos, desde los años noventa; este ha desafiado todas y cada una de las facetas de la globalización ―mediante manifestaciones masivas, ocupaciones de tierras, construcción de economías solidarias y de otros métodos de desarrollo de los comunes. Más importante todavía, la reciente expansión de levantamientos masivos prolongados y movimientos en la estela «Occupy», que a lo largo del último año han barrido gran parte del mundo, desde Túnez y Egipto, pasando por la mayor parte de Oriente Medio, hasta España y Estados Unidos, ha abierto una brecha que permite entrever que la idea de una gran transformación social parece posible de nuevo. Tras años de aparente aceptación de la situación actual, en los que nada parecía capaz de parar los efectos destructores de un orden capitalista en declive, la Primavera Árabe y la expansión de acampadas a lo largo de Estados Unidos, uniéndose a los muchos asentamientos ya formados por la creciente población de sin techo, muestra que los de abajo se están movilizando de nuevo, y que una nueva generación se dirige a las plazas decidida a reclamar su futuro, eligiendo formas de rebelión que pueden potencialmente tender puentes entre las principales brechas sociales.
(Fragmento tomado del Libro Revolución en punto cero - Desde Pág. 166 hasta Pág. 173El título del artículo no es el originalFragmento titulado originalmente como Nombrar lo intolerable: la acumulación primitiva y la reestructuración de la reproducción. Para acceder al libro completo clic aquí (N&A) 
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1- Sistema de organización fabril que reduce al mínimo los costes de gestión y almacenamiento al producir únicamente la cantidad exacta de mercancías demandadas en un momento preciso. [N. de la T.].
2- Karl Marx, Grundrisse, citado por David McLellan en Karl Marx: Selected Writings, Oxford, Oxford University Press, 1977, pp. 363-364 [ed. cast.: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), Siglo XXI, México, 2007].
3- La USAID es la agencia estadounidense encargada de distribuir la mayor parte de la ayuda exterior de carácter no-militar. En principio independiente, ha sido objeto de duras críticas y acusada de colaboración con la CIA o de ayudar en diversos escenarios a la desestabilización de gobiernos no alineados con las políticas de EEUU. [N. de la T.]
4- Sam Moyo y Paris Yeros (eds.), Reclaiming the Land: The Resurgence of Rural Movement in Africa, Asia and Latin America, Londres, Zed Books, 2005, p. 1.
5- Silvia Federici, «Witch-Hunting. Globalization and Feminist Solidarity in Africa Today», Journal of International Women’s Studies, Special Issue: Women’s Gender Activism in Africa, octubre de 2008.
6- Los cazadores de genes son los modernos piratas de la genética, que recolectan el acervo genético de los pueblos indígenas para descubrir variaciones particulares, negocio de gran potencial para las transnacionales farmacéuticas. [N. de la T.]
7- Yann Moulier Boutang, De l’esclavage au salariat. Èconomie historique du salariat bride, París, Presse Universitaire de France, 1998 [ed. cast.: De la esclavitud al trabajo asalariado: economía histórica del trabajo asalariado, Madrid, Akal, 2006]; Dimitris Papadopoulos, Niam Shephenson y Vassilis Tsianos, Escape Routes Control and Subversion in the 21th Century, Londres, Pluto Press, 2008.
8- Desde finales del siglo XVI y a lo largo del XVII se extendieron por Europa los llamados hospitales generales o casas de trabajo [workhouses], donde eran confinadas forzosamente todas aquellas personas que no eran consideradas productivas (vagabundos, mendigos y pobres en general). Por un lado, el trabajo obligatorio que desempeñaban fue aprovechado en este capitalismo emergente. Por el otro, debido al miedo al encierro en estos centros, las formas de vida que permitían subsistir al margen del trabajo asalariado fueron desapareciendo, lo que allanó el camino a la extensión de la disciplina laboral capitalista necesaria para que se asentara este tipo de trabajo. [N. de la T.] 

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