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"EL MUSEO APAGADO" por PAUL B. PRECIADO
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Entrevista a JAVIER SAÉZ
La ciudad le acaba de conocer como el hijo del grandísimo pintor Luis Sáez que ha donado parte de su herencia para que con los fondos que se recauden puedan estudiar jóvenes gitanas. Pero Javier Sáez, técnico del departamento de Igualdad y Lucha contra la Discriminación de la Fundación Secretariado Gitano, es mucho más que un tipo generoso, es un activista marica -así le gusta autodenominarse- que lleva años peleando por los derechos y la visibilidad de las minorías dentro de las minorías. Sociólogo de formación, su nombre es una de las referencias intelectuales en España del movimiento queer. Sáez es autor de libros como el muy epatante Por el culo, en el que analiza la negatividad sociológica que históricamente ha tenido esta parte anatómica -«intentamos ver qué había detrás de ese pánico anal», dice, entre risas, o de Teoría queer y psicoanálisis, y ahora prepara una nueva obra sobre antigitanismo, «un fenómeno muy extendido del que no se habla nada».
¿Cómo explicamos qué es el movimiento queer?
Empezando por la palabra queer en inglés. Se trata de un insulto homófobo, es como maricón o bollera, y es interesante conocerlo para saber qué carga tiene, que es la de todas las personas que en algún momento nos hemos sentido injuriadas y perseguidas...
¿Y ustedes le han querido dar la vuelta?
Exacto. Es la apropiación del insulto, es como decir movimiento maricón o bollero o transmaricón, tiene una carga rara de apropiación del insulto, algo distinto a las políticas blancas de gays y lesbianas más respetables.
¿Ustedes no persiguen la ‘normalidad’ e inclusión social que es el objetivo del movimiento de gays, lesbianas, transexuales y bisexuales (LGTB)?
Creo que tampoco es una oposición porque hay derechos civiles que tienen que estar al alcance de todo el mundo pero digamos que la agenda queer siempre ha sido más subversiva, ha luchado en otros frentes, en alianzas con movimientos de inmigrantes, antirracistas... vinculando la lucha contra la homofobia con otros grupos más allá del pequeño mundo de gay blanco propietario y burgués. No hay un enfrentamiento pero la agenda es muy diferente porque viene de luchas populares y marginales. Por eso tiene una vinculación muy fuerte con el movimiento feminista, en el caso de Estados Unidos, con colectivos de mujeres lesbianas negras y chicanas o transexuales. En España también se introdujo el elemento de clase social y de marginalidad.
Habla de movimiento subversivo. ¿Cuál es el orden que quieren subvertir?
La normalidad. No se trata de reforzar valores del mundo heterocentrado o patriarcal como la propiedad, el orden o la sexualidad normativa. Dentro de las sexualidades minoritarias puedes adaptarte y decir ‘me caso y tengo un perro y propiedades’ o hacer una alianza con los grupos más excluidos y pensar que tu lucha es también contra el capitalismo y que no te interesan cosas como la transmisión patrimonial
¿Un ejemplo puede ser lo que usted ha hecho con su herencia?
Exacto. Para mí una herencia es algo que debe volver a la sociedad, no tiene sentido que alguien se quede con un montón de cuadros por muy valiosos que sean.
¿Cómo es el proceso para que un chico burgués de 17 años, gay en el Burgos de los primeros 80, que se va a estudiar a Madrid, llega al movimiento queer?
Quizás por contactos personales. Dices bien que yo me fui a estudiar a Madrid pero más bien me fui porque Burgos era insoportable, que es una diferencia importante. En realidad mi vocación intelectual estaba en otras materias que podría haber hecho aquí: filología, griego, latín, la lingüística... pero eso suponía quedarme en Burgos, que era el horror por la presión homófoba que había. Había que buscar cualquier excusa para irse y pensé en una carrera que solo se pudiera estudiar en Madrid: vi Sociología, que entonces no sabía lo que era, y me apunté. Pero podía haber sido Física Cuántica, me daba igual, el caso era salir de aquí.
¿Por qué estaba tan ahogado?
A mí nadie me pegaba porque nunca tuve pluma y no me puedo comparar con las víctimas directas del acoso homófobo -que hoy aún existe- pero yo presenciaba aquello y me llenaba de terror y, a la vez, me creaba una especie de esquizofrenia porque tampoco salía en defensa de mis compañeros maltratados. Todavía hoy me siento muy cobarde por aquello.
¿Eso le ha hecho después acercarse a las minorías?
Creo que es más bien un sentimiento de solidaridad con la gente que es oprimida y que intenta sobrevivir. Sí me identifico con ellos a pesar de que yo no he padecido tanto esa opresión por ser un joven de clase media con cultura y blanco. No puedo comparar mi capital social con el de los gitanos o las transexuales. Mi situación es privilegiada pero ese terror y esa destrucción interior estaban allí por los curas, por mi madre...
¿Cómo era aquel Burgos?
Era un entorno muy opresivo porque no había escapatoria y creo que incluso hoy hay muchos jóvenes que lo padecen. En la catequesis de San Lesmes, a la que asistía, nos decían que la homosexualidad era un pecado horroroso, lo peor del Universo y yo, encima, como creyente me sentía muy culpable. Luego mi madre hacía comentarios contra los gays: era muy homófoba y, probablemente la única persona en el mundo que no se enteró de que yo lo era.
Eran los 80. ¿No llegaban los vientos de cambio que soplaban en otras ciudades?
No, aquí se mantenían las esencias medievales pero no solo arquitectónicas. Te decía que para los gays no había escapatoria, no como otras minorías, y estoy pensando en los gitanos, que se pueden refugiar en la familia de todas las persecuciones sociales que pueden sufrir. Pero para los niños gays, las niñas lesbianas, los niños transexuales la casa es el horror, la escuela es el horror, la parroquia es el horror y esa falta de escapatoria hace que muchos jóvenes se suiciden porque no pueden contarle a nadie lo que les está pasando. Y esto es el motor del éxodo, de la emigración silenciosa: te vas pero te vas obligado, dejando a tu familia y a tus amigos.
¿Qué pasó cuando salió del armario?
Pues me llevé una sorpresa. Yo tenía una expectativa de pánico, pensé que aquello iba a ser la hecatombe pero no pasó nada. Tanto mis hermanos como mi padre y mis amigos lo acogieron estupendamente.
¿Cuando vuelve a Burgos en 2015 cree que ha cambiado algo?
Los cambios son muy lentos. Cuando hablo con gente que se ha quedado aquí como Eduardo Nabal, un luchador por la visibilidad gay con un valor inmenso, me da la sensación de que las cosas no cambian. Para empezar, no hay un movimiento asociativo fuerte, y esto es muy significativo, igual que el hecho de que apenas haya bares de ambiente, de que no hay ciclos de cine, seminarios... Dos de los mejores teóricos de España del movimiento queer somos de Burgos y nadie se ha preocupado por traernos aquí a escucharnos.
¿Qué le aconsejaría a un joven homosexual burgalés?
Más bien me dirigiría a los padres, porque los chicos y las chicas saben muy bien lo que desean y lo que sienten. Los que tienen que facilitar el espacio son los padres, decirles que son bien recibidos, que están bien con él o con ella, crear un espacio de comentarios positivos sobre la diversidad sexual. Y les animaría a que se asocien, a que creen espacios de participación, que eso da mucha vida y mucha fuerza.
En un par de meses se cumplen diez años de la modificación del Código Civil que permitió los matrimonios del mismo sexo...
... Pero el deseo de las minorías sexuales no se ha normalizado. Sí lo ha hecho el contrato del matrimonio, que es diferente y está bien porque es un derecho que está ahí al alcance de quien lo quiera disfrutar. Pero no hay cambios en la vigilancia de género y me refiero con esto a las personas que no tienen un aspecto masculino o femenino o en el acoso escolar. No existe el cambio en la percepción de las minorías, hay parejas que siguen siendo apedreadas cuando van de la mano. La ley no ha modificado la realidad.
Le pregunto como sociólogo. ¿Qué le mueve a un tipo heterosexual a tirar piedras contra una pareja del mismo sexo que expresa su afectividad sin quitarle derechos ni invadirle espacios ni molestarle?
Pienso en esas personas con un código masculino muy fuerte en el que han tenido que renunciar a muchas cosas de su deseo. Cuando obligas a toda una sociedad a ser heterosexual por fuerza les has forzado a renunciar a todas las posibilidades del deseo y hay algo de pánico a un deseo propio que no pueden disfrutar como hace esa pareja a la que apedrean.
Entrevista realizada por Angélica González y publicada en el Diario de Burgos
miércoles
FEMINISMO Y ANIMALISMO, DOS LUCHAS EN COMÚN por EVA BENET
“Vete a fregar”, “puta”, “chúpamela”, “abortistas”, “tú lo que necesitas es que tu marido te pegue una buena hostia”. Son injurias que puede escuchar una mujer activista por los derechos de los animales que se manifieste en la puerta de una plaza de toros. Si es hombre, se le califica invariablemente de “maricón”. La hostilidad en el mundo de la “fiesta nacional” (donde a quienes protestan se les llama asimismo “catalanistas”), así como la jerga atravesada de homofobia, sexismo y “especismo”, hace casi necesaria la hermandad entre los movimientos feminista (también por los derechos de gays, lesbianas y transexuales) y animalista.
En el feminismo se utiliza habitualmente la metáfora de las “gafas” violeta. Permite denunciar que el “rosa” es el color natural de las niñas, mientras que el azul se reserva para los varones. La mirada feminista denuncia que se trata de construcciones culturales para nada inocentes. Muñecas con vestido rosa y cocinas de juguete preparan a las niñas para el espacio privado (la casa, la maternidad forzosa y el cuidado de la familia). A los niños, dentro del reparto de roles sexista, se les dirige hacia los juegos de acción.
El animalismo también utiliza unas gafas, apunta la activista y trabajadora precaria, Eva Benet, en las jornadas feministas organizadas por el sindicato Acontracorrent en Valencia. Donde el “especismo” humano presenta la muerte de un animal como tradición, arte y cultura, la mirada animalista observa la sangre, la tortura y la muerte de un ser vivo encerrado. En este caso, la discriminación no se da en función del sexo, la raza o la clase social, sino de la especie. Como ejemplo de agravio comparativo, se consideraría inadmisible insertar un tubo de acero en una testa humana, pero el criterio no sería el mismo si el experimento se realizara con una mona, para medir los efectos del estrés y la menstruación (caso que realmente ocurre). “Hay por tanto un proceso de apropiación de los cuerpos ajenos, como ocurría también (con el cuerpo de la mujer) en la ley del aborto impulsada por Ruiz Gallardón”, concluye Eva Benet.
Un anuncio publicado en los periódicos de 1845 se refería de este modo a una mujer esclavizada: “se vende, recientemente parida, con abundante leche”. La explotación de las mujeres y de los animales se desarrolla en paralelo. Las vacas también producen la leche, como mamíferos, cuando han parido una ternera tras una gestación de nueve meses. Cuando se convierte en una vaca “seca” (en el lenguaje de la industria), será conducida al matadero y el vástago le sustituirá en el proceso de producción. “Se hormona a la vaca para que genere 45 litros diarios de leche, diez veces más de su capacidad natural, y será medicada con el fin de que soporte el confinamiento”, explica Eva Benet. El 80% de los antibióticos producidos en Estados Unidos se destinan a los animales de granja. Además, una vaca podría vivir perfectamente 25 años, pero entre los cuatro y los seis es conducida al matadero.
El ejemplo no difiere gran cosa del descrito por Frederick Douglass en la autobiografía “Vida de un esclavo americano contada por el mismo”, publicada en 1845. En uno de los pasajes cuenta cómo un hombre blanco, tras años de trabajo duro y ahorro, se compra a una mujer negra (Caroline) y, para rentabilizar la inversión, alquila a un hombre negro (esclavo) para encerrarlo con ella en una habitación. Al cabo de un tiempo Caroline dio a luz a gemelos, con lo que el propietario obtuvo el rédito esperado.
Según Eva Benet, “el heteropatriarcado, el racismo y el especismo se complementan; la violencia se presenta como situación excepcional, como una locura, y no como la consecuencia de un sistema opresor”. Por eso en muchas ocasiones la violencia machista se justifica como un crimen pasional, una consecuencia del alcohol o incluso una verdadera demostración de amor. También se despacharon como episódicas las denuncias de sadismo en la granja de cerdos “El Escobar” (Fuente Álamo, provincia de Murcia), planteadas por la ONG Igualdad Animal en febrero de 2012. “Si la violencia es excepcional, el sistema no ha de cambiar; y a quien denuncie la violencia lo acusarán de terrorismo, como se ha hecho históricamente”, explica la activista.
Otra consecuencia de la violencia sistémica es la cosificación, entendida como la eliminación de la personalidad para la conversión en objeto. “Todo proceso de cosificación empieza por el lenguaje”, apunta Eva Benet. “El lenguaje es una herramienta ideológica muy poderosa”, añade, “y no es casual la negativa de la Real Academia Española a incorporar y fomentar un lenguaje no sexista”. Las conexiones simbólicas entre las jergas especista y machista resultan palmarias: “zorra”, “puerca”, “pájara”, “guarra”, “víbora”. Los diccionarios taurinos, accesibles en Internet, incluyen expresiones como “machorra” (vaca esteril); “maricón” (toro al que “montan” otros machos de la camada) o “desecho” (toro que no sirve para la lidia). La ristra de ejemplos resultaría inacabable: alusiones a la frivolidad de las mujeres, presentadores de televisión que se refieren a una mujer transexual como “ello” o la idea de que los cerdos son sucios, cuando –apunta Eva Benet- se trata de animales limpios cuando se les deja en libertad.
En el circo de Carl Hagenbeck, un circo humano que recorrió Europa a finales del siglo XIX, se trataba a los hombres, mujeres, niños y niñas igual que a animales. El público pagaba la correspondiente entrada por ver actuar a personas de la etnia Kawésqar, emplazada en el Chile austral (muchos de ellos murieron por las condiciones de explotación a las que se vieron sometidos). En este tipo de situaciones late una lógica de la dominación, que se traduce en un sistema de valores que tiene un grupo dominador que ejerce poder sobre otro. Y que además elabora una teoría para justificar su dominación. Otra de las claves, indica Eva Benet, es la imposición de dicotomías como naturaleza/cultura; razón/emoción; masculino/femenino; humano/animal. “Una acusación tópica que nos hacen a las personas que defendemos a los animales es dejarnos llevar por los sentimientos y las emociones”, explica la activista. “La emoción en el sistema patriarcal es una característica femenina y, por tanto, devaluada”.
La contraposición interesada entre razón y emoción, o entre cultura y naturaleza, se visualiza perfectamente en una corrida de toros, según la filósofa y teórica ecofeminista Alicia Puleo, quien ha estudiado los vínculos entre la opresión a la naturaleza y a las mujeres. “La muerte del toro es concebida como el triunfo de la razón sobre un ser inferior; una razón patriarcal que ha expulsado del concepto verdaderamente humano todo aquello que no forma parte de la masculinidad”, sostiene. Beatriz Preciado, feminista y escritora queer, explica que el feminismo no es un humanismo, ya que éste se ha construido basándose en un hombre blanco y heterosexual. Define además el animalismo como un feminismo no antropocéntrico. El paralelismo se establece del siguiente modo: los animales han experimentado siempre en carne propia la razón patriarcal, en jaulas, laboratorios o mataderos; y las mujeres también conocen perfectamente los procesos de destrucción de sus cuerpos, por ejemplo mediante la hormonación.
Eva Benet explica el caso de la terapia hormonal sustitutiva (aplicadas a mujeres con menopausia para que no dejen de menstruar), como modelo de control y cosificación del cuerpo femenino. La menopausia era concebida históricamente como una época plena, un periodo en que las mujeres podían mantener relaciones sexuales sin riesgo de embarazo. Pero esta idea se modificó. Así, en la década de los 60 del siglo XX se publicó un libro, “Femeninas para siempre”, donde se identificaba la desaparición de la regla con una especie de abismo. A las mujeres se les rompían los huesos, se les paraba el corazón y perdían el deseo sexual. “De este modo se relacionó feminidad con menstruación, y se creó una enfermedad”, apunta la activista. Con campañas de mercadotecnia muy potentes, se ofreció una solución: las pastillas evitarían que una mujer dejara de serlo. Sin embargo, en 2005 se suspendieron estas terapias al constatarse que morían mujeres. Además, se han relacionado con cáncer de mama y el de ovario.
En el ámbito filosófico y teórico, el libro “Liberación animal” (1975), de Peter Singer, marcó un hito. Fue el punto de partida del movimiento por los derechos de los animales, al que dotó de argumentos y discurso. Sin embargo, la reflexión sobre la ética en el trato a los animales figura ya en autores como Voltaire, Bentham y Rousseau. Henry Salt publicó en 1892 “Derechos de los animales”, precedente de la obra de Singer. Dos siglos antes de que “Liberación animal” viera la luz, Mary Wollstonecraft escribió “Vindicación de los derechos de la mujer”, una de las obras fundacionales del movimiento feminista. Aunque no se diga en los libros de historia, resalta Eva Benet, las mujeres destacaron por reivindicar un trato ético a los animales: Mary Wollstonecraft, Lucy Stone, Virginia Wolf… “Escribieron y trabajaron para evitar la crueldad humana con los animales”. Y también eran feministas. Luchaban en dos frentes: por el derecho al voto (sufragismo) y contra la vivisección (experimentos con animales vivos). Eva Benet recuerda que muchas sufragistas fueron vegetarianas. El “feminismo cultural” del siglo XX volvió a relacionar vegetarianismo y feminismo.
Resumen de la charla de la activista Eva Benet en las jornadas feministas del sindicato Acontracorrent. Este resumen fue publicado por Enric Llopis en Rebelión




