jueves

Entrevista a JUDITH BUTLER

"Cuando los periodistas estadounidenses empezaron a decir que el Islam era una sociedad 'pre-moderna' y que su población aún no había alcanzado la modernidad, en verdad estaban diciendo que esas sociedades no se ajustaban a las ideas de persona-humana que nosotros habíamos alcanzado gracias a la modernidad. Por tanto, esas poblaciones aún no habían logrado la condición de 'ser humano' que nosotros sí tenemos. En otras palabras, la destrucción de esas sociedades no era otra cosa que la destrucción de pre-humanos. Del mismo modo, si la sociedad es intrínsecamente militar y si entendemos que los cuerpos de sus integrantes son simplemente máquinas militares, al aniquilarlos no estaremos matando a seres humanos, sino destruyendo unos objetos que tienen el mismo valor que los tanques y los cañones".
Judith Butler

Judith Butler es una de las intelectuales más respetadas del orbe occidental. Profesora del departamento de Retórica y Literatura comparada de la Universidad de California y autora de varios estudios sobre la Teoría Queer, según la cual nadie nace con una identidad sexual determinada, sino que la adquiere por condicionamiento social y familiar, Butler también se ha especializado en analizar el modo en que los conflictos bélicos denigran hasta un grado preocupante el valor de la vida humana. En este terreno, publicó 'Vida precaria' (Ed. Paidós, 2006) y ahora saca al mercado 'Marcos de guerra. Las vidas lloradas' (Ed. Paidós), donde reflexiona sobre la maquinaria política que, antes de iniciar una guerra, nos convence de que los cadáveres que dicha contienda producirá no merecían, de alguna forma, continuar entre los vivos. Un ensayo polémico que nos demuestra que el valor de la vida humana es también una construcción política.

¿Qué características debe tener una vida para que la reconozcamos como tal?
No estoy segura, pero lo que todos tenemos que comprender es que sólo reconocemos ciertas vidas como humanas y como reales, y esto ocurre porque existen esquemas conceptuales que controlan lo que somos capaces de reconocer. Por tanto, debemos aprehender que ciertos esquemas conceptuales delimitan lo que nosotros entendemos como humano. Lo que yo reclamo es que seamos críticos con ese esquema conceptual y desarrollemos nuevas formas de entender la vida como un objeto valioso. La clave está en entender que toda vida humana es igualmente valiosa y debe ser reconocible como tal, independientemente de las circunstancias políticas que la rodeen.

En 'Marcos de guerra' plantea que, en tiempos de guerra, las personas debemos decidir 'qué vidas merecen ser lloradas y qué vidas no'. ¿Qué estrategias siguen los gobiernos para convencernos de que ciertas vidas no merecen ser lloradas?
Quizá lo primordial sería distinguir entre duelo y pena. Nosotros podemos sentir pena por poblaciones que han sido arrasadas por la guerra, sin que por ello sintamos un auténtico duelo. Pero lo más interesante es descubrir cómo las políticas en torno a la guerra y a los medios de comunicación cómplices pueden convertir una vida en otra cosa. Si nos hacen creer que la vida de alguien era una 'amenaza para la vida de los demás', entonces no reconoceremos esa primera vida como tal. Cuando una población se defiende de una amenaza, el Estado puede decir a la gente: 'No, no hemos destruido la vida de alguien, sino que hemos defendido la nuestra'. En este terreno, el Estado está cambiando la palabra 'vida' por 'perteneciente a la nación-estado que debe vencer'. Sólo si perteneces a la nación-estado que mata a quien le amenaza tendrás una 'vida'. Porque la vida del que te quería matar a ti deja de ser reconocida como tal.

¿Podría ponernos algunos ejemplos que demuestren el modo en que un gobierno convence a la población para que desee la muerte del enemigo?
La justificación por la que merece la pena matar sólo puede ser entendida en el contexto particular de una nación concreta. Por ejemplo, cuando los periodistas estadounidenses empezaron a decir que el Islam era una sociedad 'pre-moderna' y que su población aún no había alcanzado la modernidad, en verdad estaban diciendo que esas sociedades no se ajustaban a las ideas de persona-humana que nosotros habíamos alcanzado gracias a la modernidad. Por tanto, esas poblaciones aún no habían logrado la condición de 'ser humano' que nosotros sí tenemos. En otras palabras, la destrucción de esas sociedades no era otra cosa que la destrucción de pre-humanos. Del mismo modo, si la sociedad es intrínsecamente militar y si entendemos que los cuerpos de sus integrantes son simplemente máquinas militares, al aniquilarlos no estaremos matando a seres humanos, sino destruyendo unos objetos que tienen el mismo valor que los tanques y los cañones.

Su libro presta mucha atención a los poemas que escribieron los presos de Guantánamo y explica que el Gobierno norteamericano destruyó gran parte de esos poemas para que no llegaran a la opinión pública. ¿Qué ocurriría si todos esos versos llegaran de un modo masivo a la población estadounidense?
Todos creíamos que las personas encarceladas en Guantánamo permanecerían por siempre mudas. Porque se suponía que el Gobierno estadounidense sería capaz de dar una interpretación definitiva de quiénes eran y qué importancia tenían para el mundo político. Por eso fue impactante que empezaran a hablar y, sobre todo, que escribieran poesía, ya que eso nos hacía entender que habían sufrido, que estaban enfadados, que habían sido injustamente tratados y que, en realidad, sólo luchaban por su supervivencia. El significado de aquellos poemas era que la hegemonía del Gobierno para decirnos cómo debíamos interpretar la realidad había sido rebatida. Y obviamente la censura y la destrucción de los poemas indicaba que el Ejecutivo sobreentendía que esos versos podían ser peligrosos.
Su libro también lanza una crítica a los 'periodistas empotrados' que aceptaban mostrar sólo una parte de la guerra a cambio de estar presentes en esas mismas guerras. 

¿Cree que la prensa ha entrado en el juego de los gobiernos a la hora de mostrar quién merece vivir y quién no?
Una gran parte de la prensa acepta las reglas del juego impuestas por el Gobierno. Esa complicidad ha terminado convirtiéndose en una condición previa, inquietante, de la legitimidad de ese mismo Gobierno para actuar como actúa. Me parece que la independencia de los periodistas era y es un requisito previo de su propia legitimidad. Pero en un mundo en el que sólo se puede ser terrorista o patriota, los periodistas eligieron lo segundo.

¿Y los fotógrafos de guerra?
Los fotógrafos y los reporteros ansiaban tanto acceder a la guerra que aceptaron las condiciones que les imponía el Gbierno. Aquel fue un acuerdo terrible, porque restringe el modo en que el mundo puede ver el conflicto. Si la esfera visual se limita para que la gente no 'vea' la guerra, estaremos menos preparados para oponernos a ella.

Ha trabajado especialmente el tema de las minorías sexuales, pero en este libro se centra en la creación de marcos mentales para la guerra. ¿Cuál es el vínculo entre el tema de las minorías sexuales y el de la conciencia bélica?
Existen muchos vínculos. Por ejemplo, todos pudimos ver el modo en que George Bush trató de usar el feminismo para legitimar su guerra en Afganistán, y también vimos el modo en que los vigilantes de Abu Ghraib emplearon la humillación y la tortura sexuales como armas contra los presos. Por otra parte, existe un número de defensores de los derechos de los homosexuales que se oponen a la presencia de musulmanes en Europa, porque creen que ponen en peligro su propia libertad sexual.

Entrevista realizada por Álvaro Colomer y publicada en El Mundo, el 8 de junio de 2010.

“MUSEO, BASURA URBANA Y PORNOGRAFÍA” por BEATRIZ PRECIADO


PostOpen tailerra. Feminismopornopunk mintegia, Arteleku 2008.
El mercado del arte quiere porno, pero no lo quiere cuando viene del feminismo. Cada cosa en su sitio. Al mundo del arte le gusta un salpicón de reciclados códigos pornográficos cuando estos están separados de su función de crítica social y existen 
El mercado del arte quiere porno, pero no lo quiere cuando viene del feminismo. Cada cosa en su sitio. Al mundo del arte le gusta un salpicón de reciclados códigos pornográficos cuando estos están separados de su función de crítica social y existen como meros residuos estéticos. Al Barbican le gusta Jeff Koons y los testículos (aún con vello) son arte siempre que estén bien dibujados por caballeros solemnes. La desnudez de Paris Hilton esculpida por Daniel Edwards transciende singularmente el sórdido mundo de la pornografía y un poco de casquería siempre realza la transgresión de los YBAs. No vayamos a pedir demasiado a la historiografía occidental del arte que ya ha tenido bastante con acomodarse en los últimos años a las injerencias críticas de diversas minorías sexuales, raciales y culturales. Ya tuvimos Warhol, Mappelthorpe y Journiac (que dicho sea de paso, también sabían dibujar testículos). Seamos epistemológicamente cautos y éticamente pacientes o vamos a echarlo todo por la borda.
Annie Sprinkle. Legends of Porn: A Cartoon History. [Carnal Comix. Steve Crompton and Annie Sprinkle].
Pero mientras somos cautos y pacientes, se construye una nueva historiografía del arte donde porno, prostitución y feminismo no forman parte del mismo relato. Separados por salas, contextos y conceptos, las tías buenas y las buenas tías no pueden hacer historia juntas. Desde el comienzo del nuevo milenio, el complejo-industrial museo se ha afanado en recuperar un cierto número de artistas de los años 70s y 80s que hasta entonces habían pasado relativamente desapercibidas (Judith Chicago, Martha Rosler, Adrian Piper, Valie Export, Rebecca Horn, Hanna Wilke, Nancy Spero, Marina Abramovic…) procurando labelizarlas como «feministas» y asignándolas una misión estética y crítica que no exceda lo que el arte esperaba del segundo sexo. Se les pide a las artistas feministas que tematicen públicamente la diferencia, el cuerpo, la piel, la maternidad, el trabajo doméstico, la violencia de género, lo cotidiano, el dolor, la precarización, el amor, la familia, la bulimia y la anorexia, la inmigración, la ablación, el cáncer de mama, la intimidad… y aquellos aspectos del sexo y de la sexualidad que reconocemos culturalmente como más femeninos. Pero no la pornografía, puesto que aparte de ser soez y repetitiva, es cosa de hombres.
De este modo, las obras performativas y audiovisuales de Annie Sprinkle y Elisabeth Stephens, COYOTE, Veronica Vera, Monika Treut, Linda Montano, Karen Finley, Maria Beatty, Emilie Jouvet, PostOp, GoFist, María Llopis, Shu Lea Cheang, Diana Junyet Pornoterrorista (1)… no encuentran todavía marcos de inteligibilidad desde los que hacerse visibles. Inadecuadas para los criterios del feminismo pero hechas (si seguimos tomando las letras H y F como índices de identidad) por mujeres, estas prácticas artísticas parecen caer en un vacío historiográfico, reclamando nueva categorías (pospornografía, videoarte y performance pornofeminista) desde las que acceder a la retícula de lo visible.
Podría apresurarme aquí a construir una historia pospornográfica del arte que, proponiendo sus propias nociones de sujeto, mirada, representación y placer, construya un relato alternativo al propuesto por la historiografía progre-identitaria con sus nuevas entradas feminismo y arte gay. Pero prefiero antes de nada replantear los términos del debate pornográfico y sus relaciones como la historia del arte, las estrategias biopolíticas del control del cuerpo y de producción de placer a través de aparatos de intensificación de la mirada. Intentaré mostrar en este texto por qué la pornografía es una forma de producción cultural que concierne al museo y por qué una historiografía crítica debería incluir la pornografía en su análisis de los modos culturales a través de los que se construyen los límites de lo socialmente visible y con ellos, los placeres y las subjetividades sexuales normales y patológicas. Esta genealogía nos ayudará a entender por qué la pornografía se ha convertido a partir de los años setenta en un espacio crucial de análisis, crítica y reapropiación para las micropolíticas de género, sexo, raza y sexualidad.
Estudios Porno: la pornografía como discurso cultural
La pregunta por la pornografía suscita a menudo discursos circulares o falsas diatribas en las que precisamente aquellos argumentos que podrían dar un giro al debate han sido excluidos de antemano a través de una defi nición implícita de la noción misma de pornografía. Asistimos a una saturación pornográfica (en la representación, en los modos de consumo y distribución de la imagen) y, sin embargo, esta saturación viene acompañada por una rigurosa opacidad discursiva. La pornografía no está aún considerada como un objeto de estudio ni cinematográfico ni filosófico. Al desprecio académico que suscita la pornografía considerada como basura cultural, se añade la fuerza de lo que podría denominarse la hipótesis del masturbador imbécil, según la cual la pornografía es el grado cero de la representación, un código cerrado y repetitivo cuya única función es y debería ser la masturbación acrítica –siendo la crítica una traba para el éxito masturbatorio. En todo caso, se nos previene: la pornografía no merece hermenéutica. Pero quizás haya llegado la hora de formular una ecología política general de la cultura interesada en re-evaluar la producción, definición y el reciclaje de sus detritus culturales, así como de apostar por una posible revolución de objetos sexuales y masturbadores imbéciles, capaces de convertirse en productores subversivos y usuarios críticos de la pornografía.
Durante los años 80 y 90, los trabajos antipornografía de Andrea Dworkin y Catherine Mackinnon (2), en los que el porno era definido como un lenguaje patriarcal y sexista que producía violencia contra el cuerpo de las mujeres («el porno es la teoría, la violación la práctica») eclipsaron los argumentos del llamado «feminismo pro-sexo» (3) que veía en la representación disidente de la sexualidad una ocasión de empoderamiento para las mujeres y las minorías sexuales. Mientras el feminismo pro-sexo alertaba frente a los peligros de entregar el poder de la representación de la sexualidad a un Estado también patriarcal, sexista y homófobo, el feminismo antipornografía, apoyado por movimientos conservadores religiosos y pro-life, abogaba por la censura estatal del porno como único medio para proteger a las mujeres de la violencia pornográfica. De este modo, el lenguaje pornográfico aparecía una vez más como un afuera cultural, un ghetto que repele la crítica, quedando fuera del ámbito de conflicto y confrontación propio de la democracia.
Sin embargo, a partir de finales de los años 80, esquivando en parte el callejón sin salida del debate feminista, un conjunto de historiadores y teóricos de la literatura y el cine, como William Kendrick, Richard Dyer (4), Linda Williams (5) o Thomas Waugh van a extender sus investigaciones sobre la relación entre cuerpo, mirada y placer a la representación pornográfica. La mayoría de estos análisis de la pornografía parten de la hipótesis constructivista de la Historia de la Sexualidad de Foucault, según la cual la sexualidad moderna y sus placeres son el resultado no tanto de la represión de un deseo originario como de configuraciones específicas de saber-poder: la modernidad desplaza la ars erótica tradicional según la cual el placer surge de la experiencia y del autocontrol, en beneficio de una scientia sexualis, un conjunto de técnicas científicas (visuales, jurídicas, médicas…) destinadas a producir lo que Foucault denomina «la verdad del sexo». Así se pondrán de manifiesto la complicidad entre las técnicas pornográfi cas de representación y normalización del cuerpo y los dispositivos médicos y jurídicos, la complejidad y la evolución histórica de la narración pornográfica, así como la construcción política de la mirada y del placer pornográficos y su relación con las disciplinas de gestión del espacio urbano. Se dibuja así por primera vez un contexto crítico que dará lugar a comienzos del siglo XXI a la emergencia de los llamados «Porn Studies» (6), en el que el análisis histórico, cultural, cinematográfico y político de la pornografía es posible.
Situándome en este precario espacio crítico que proveen los Porn Studies comenzaré llevando a cabo una exploración genealógica que permita situar y entender la emergencia de la pornografía en Occidente como parte de la aparición de un régimen más amplio (capitalista, global y mediatizado) de producción de la subjetividad a través de la gestión técnica de la imagen (7). Se tratara de explorar lo que podríamos denominar una biopolítica de la representación pornográfica. Preguntaremos: ¿Cómo aparece la pornografía como discurso y saber sobre el cuerpo? ¿Cuál es la relación que existe entre pornografía y producción de subjetividad? O, dicho de otro modo, ¿cómo funciona la pornografía dentro de los mecanismos políticos de normalización del cuerpo y la mirada en la ciudad moderna? Esta investigación, de la que este texto da cuenta de manera sólo tentativa y muy rápida, nos permitirá intuir la importancia de las nuevas micropolíticas pospornográficas.
El museo inventó el porno
En 1987, en The Secret Museum, el historiador Walter Kendrick (8) emprende un estudio genealógico y lingüístico de los diferentes discursos en los que la noción de pornografía emerge en la modernidad. La conclusión de Kendrick establece nuevas coordenadas para el debate: la noción de pornografía emerge en las lenguas vernáculas europeas modernas entre 1755 y 1857 dentro de una retórica museística, como efecto de la controversia que suscita el descubrimiento de las ruinas de Pompeya y la exhumación de un conjunto de imágenes, frescos, mosaicos y esculturas que representan prácticas corporales y del debate acerca de la posibilidad o imposibilidad de que sean vistos públicamente.
La excavación arqueológica de las ciudades enterradas bajo el Vesubio dejó al descubierto imágenes y esculturas de cuerpos animales y humanos desnudos y enlazados, y penes sobredimensionados que no estaban, como se pensó en un primer momento, reservados a los lupanares o a las cámaras nupciales, sino que se hallaban dispersos por toda la ciudad de Pompeya. Las ruinas, operando como un retorno de lo reprimido, desvelaban otro modelo de conocimiento y de organización de los cuerpos y los placeres en la ciudad pre-moderna y ponían brutalmente de manifi esto una topología visual de la sexualidad radicalmente distinta de la que dominaba la cultura europea en el siglo XVIII.
Todo aquello requería una nueva taxonomía que permitiera establecer distinciones entre los objetos accesibles a la mirada y aquellos cuya visión debía ser objeto de custodia estatal. Las autoridades (el gobierno de Carlos III de Borbón) deciden entonces seleccionar ciertas imágenes, esculturas y objetos, y forman con ellos la colección secreta del museo borbónico de Nápoles, conocida también como Museo Secreto. La construcción del Museo Secreto implica el levantamiento de un muro, la creación de un espacio cerrado y la regulación de la mirada a través de dispositivos de vigilancia y control. Según decreto real, sólo los hombres aristócratas –ni las mujeres ni los niños ni las clases populares– podían acceder a ese espacio. El Museo Secreto opera una segregación política de la mirada en términos de género, de clase y de edad. El muro del museo materializa las jerarquías de género, edad y clase social, construyendo diferencias político-visuales a través de la arquitectura y de su regulación de la mirada.
La palabra pornografía, aparece en este contexto museístico, de la mano de un historiador del arte alemán C. O. Müller que reclamando la raíz griega de la palabra (porno-grafei: pintura de prostitutas, escritura de la vida de las prostitutas) denomina los contenidos del Museo Secreto como pornográficos (9). Así la defi nición de 1864 del Diccionario Webster en inglés de «pornography» no es otra que «aquellas pinturas obscenas utilizadas para decorar los muros de las habitaciones en Pompeya, cuyos ejemplos se encuentran en el Museo Secreto».
Para Kendrick, el Museo Secreto y la regulación de este espacio opera como un momento y un topos fundador de lo que pornografía va a signifi car en la racionalidad visual, sexual y urbana de la modernidad occidental. En esta retórica y en la siguiente a la que me referiré enseguida, la pornografía aparece como una técnica de gestión del espacio público y más particularmente de control de la mirada, de vigilancia del cuerpo excitado o excitable en el espacio público. De modo, que la noción de pornografía que la historia del arte inventa es sobre todo una estrategia para trazar límites a lo visible y a lo público. En el Museo Secreto se inventan también nuevas categorías de «infancia», «feminidad» y «clases populares». Frente a ellas, el cuerpo masculino aristocrático aparece como una nueva hegemonía político-visual –o incluso podríamos decir político-orgásmica–: aquel que tiene acceso a la excitación sexual en público, por oposición a aquellos cuerpos cuya mirada debe ser protegida y cuyo placer debe ser controlado.
Pornografía y basura urbana
La noción de pornografía introducida por la historia del arte se abre camino a lo largo del siglo XIX como una de las retóricas del higienismo que surgen junto con la metrópolis moderna. La palabra pornografía aparece de este modo en los diccionarios europeos en torno a 1840-50: «Descripción de la prostitución y de la vida de las prostitutas en la ciudad como una cuestión de higiene pública». Pornografía nombra el conjunto de medidas higiénicas desplegadas por urbanistas, fuerzas policiales y sanitarias para gestionar la actividad sexual en el espacio público, regulando la venta de servicios sexuales y «la presencia de mujeres solas», pero también «la basura, los animales muertos u otras carroñas» en las calles de las ciudades de París y Londres. Pornógrafo es el apelativo reservado, por ejemplo, a Restiff de la Brettonne cuando escribe acerca de la gestión de la prostitución y propone la construcción de burdeles estatales para sanear la ciudad de París (10). Pornográficos son también los tratados médico-administrativos de Jean Parent Duchâtelet (11), Michael Ryan o William Acton sobre la higiene de las ciudades de París o Londres en los que se discute igualmente de cloacas, orinas, tuberías, construcción de calzadas y sumideros, prostitutas y maleantes.
Si el Museo Secreto y su celoso cuidado de la pornografía tiene como objetivo impedir que mujeres y niños accedan a la visión de aquello que excita la mirada, la pornografía como categoría higiénica es sobre todo asunto de regulación de la sexualidad de las mujeres en el espacio público, así como de la gestión de los servicios sexuales de las mujeres fuera de las estructuras institucionales del matrimonio y de la familia. Dentro de las retóricas del higienismo, la pornografía es una técnica de vigilancia y domesticación del cuerpo político que forma parte de lo que Foucault denomina el dispositivo de la sexualidad característico de las tecnologías de poder del siglo XIX. La pornografía es el brazo público de un amplio dispositivo biopolítico de control y privatización de la sexualidad de las mujeres en la ciudad moderna.
Tomando en consideración estos dos contextos de emergencia, el Museo Secreto y la ciudad moderna, podríamos redefinir la pornografía como una política del espacio y de la visibilidad que genera segmentaciones precisas de los espacios públicos y privados. Se trata de una cuestión de muros y orificios en los muros, de ventanas, cortinas y puertas abiertas o cerradas, de espacios accesibles o inaccesibles a la mirada pública, de fachadas e interiores, de como cubrir lo descubierto y como destapar lo oculto, de separar las mujeres limpias de las sucias, el animal comestible de la carroña, lo útil de la basura, la cama heterosexual de la calle y sus perversiones.
Historia del tecno-ojo
El tercer campo semántico en el que opera esta noción se despliega con la irrupción de la fotografía y el cine como aparatos técnicos de intensifi cación de la mirada, y más particularmente con la aparición de las primeras películas denominadas stag films (películas para solteros), blue movies o smokers que más tarde serán calificadas de pornográficas. Se trata de películas cor tas (a menudo la duración exacta de un rail, entre 3 y 10 minutos) en blanco y negro y mudas, en las que aparecen cuerpos desnudos, contacto físico, actividad genital, penetraciones vaginales, es decir, aquello que según la territorialización precisa del cuerpo que domina la modernidad, será calificado como actividad sexual. Pero lo más importante, desde el punto de vista de la estética de la producción y la recepción es que se trata de películas fi lmadas por hombres cuyo consumo y placer especular estaba también reservado a los hombres, mayoritariamente heterosexuales (12), a menudo en el contexto del burdel o del club masculino.
La pornografía funciona como una prótesis masturbatoria de subjetivación de carácter virtual, externo y móvil que se caracteriza, al menos en su origen y hasta los años 70, por estar reservada al uso masculino. De nuevo, las técnicas visuales de producción de placer sexual están segregadas en términos de género, edad y clase social. No son las imágenes consideradas como pornográficas las que son intrínseca y naturalmente masculinas sino que, cultural e históricamente, las mujeres han sido distanciadas de las técnicas masturbatorias audiovisuales –una distancia que es comparable a la exclusión de las mujeres del Museo Secreto, de la calle, del comercio sexual, y que es constitutiva de la construcción del espacio público hasta mediados del siglo XX como un espacio masculino y blanco. La reducción de la esfera de recepción de la pornografía en términos de género nos llevará a una situación interesante y paradójica: la creación de un contexto homoerótico de recepción (13). La proyección de la imagen pornográfica en un espacio al que las mujeres no tienen acceso viene indefectiblemente a sexualizar la relación entre los hombres heterosexuales.
La invención de la fotografía como imagen-movimiento viene a insertarse en un conjunto de técnicas de producción de la diferencia entre lo normal y lo patológico. Es imposible desligar la historia de las tempranas representaciones pornográficas de la historia de la fotografía médica de los desviados, del cuerpo deforme y discapacitado, y de la fotografía colonial. No olvidemos que nos encontramos en este momento de invención de la fotografía y del cine en un punto clave de transición y de formación de la racionalidad sexopolítica moderna. Es el momento en el que se inventan las identidades sexuales –heterosexual, homosexual, histérica, fetichista, sadomasoquista–, como tipologías visuales representables. Si la representación médica busca hacer confesar al cuerpo a través de la imagen, la verdad del sexo, pornografía buscará hacer el placer (y sus patologías) visible. Es en este sentido que Linda Williams entiende la pornografía como una técnica de confesión involuntaria: producción de un saber sobre el sujeto, diciendo la verdad sexual sobre el sujeto.
Cinematográficamente, la imagen pornográfica pertenece al conjunto de imágenes de representación del cuerpo en movimiento. El placer visual procede de lo que los teóricos del cine denominan una traducción sinestésica, es decir, de la traslación desde el sentido del tacto a la vista. Más aún, la pornografía pertenece al tipo de imágenes en movimiento que producen una reacción involuntaria en el cuerpo del espectador. Se trata de lo que Linda Williams denomina una «bodily image», una imagen corporal, una imagen que mueve el cuerpo y sus afectos: en el caso de la pornografía, la imagen vuelve sobre el cuerpo del espectador y produce efectos involuntarios que éste no puede controlar. Podríamos decir que lo propio de la pornografía (como de otros géneros como el cómico o el de horror) es que la intencionalidad visual no es tanto proyectiva, como introyectiva, no tanto directiva, como reactiva. Es decir, en la pornografía el cuerpo es vulnerable a la imagen. Este elemento va a complicar la lectura unidireccional de Dworkin o Mackinon (en parte solidaria de las hipótesis de análisis de la representación fílmica llevadas a cabo por Laura Mulvey en su texto clásico Cine y placer visual): si Mackinnon y Dworkin consideran el poder patriarcal y masculino como un factor de estructuración de la semiótica visual de la pornografía que transforma el cuerpo femenino en objeto de placer visual, quedaría por entender la paradójica posición del espectador masculino que decide dejarse dominar por la imagen pornográfica (14).
La pospornografía no será sino el nombre de las diferentes estrategias de crítica y de intervención en la representación que surgirán de la reacción de las revoluciones feminista, homosexuales y queer frente a estos tres regímenes pornográficos (el museístico, el urbano y el cinematográfico) y frente a las técnicas sexopolíticas modernas de control del cuerpo y de la producción de placer, de división de los espacios privados y públicos y del acceso a la visibilidad que estos despliegan. Jean Genet, Andy Warhol, Kenneth Anger, Veronica Vera, Annie Sprinkle… La noción de pospornografía señala una ruptura epistemológica y política: otro modo de conocer y de producir placer a través de la mirada, pero también una nueva defi nición del espacio público y nuevos modos de habitar la ciudad.
1) Ver la caracterización de algunas de ellas como «Mujeres coléricas» en Research. Angry Women. Editado por Andrea Juno y V. Vale, San Francisco, 1991.
2) Ver los textos canónicos de este debate: Andrea Dworkin, Pornography: Men Possessing Women, Plume, New York, 1979. Catherine Mackinnon, Only Words, Harvard University, Cambridge, 1993.
3) Según la denominación de 1981 de Ellen Willis en su ensayo «Lust Horizons. Is the women´s movement prosex?», en No More Nice Girls. Counter-Cultural Essays, Wesleyan University Press, New England, 1992.
4) Richard Dyer, «Gay Male Porn: Coming to Terms», Jump Cut 30: 27-29.
5) Ver el clásico de Linda Williams, Hard Core: Power, Pleasure and the Frenzy of the Visible, University of California Press, Berkeley, 1989.
6) Ver la publicación: Porn Studies. Editado por Linda Williams, Duke University Press, Durham, 2004.
7) Se trataría de tomar la pornografía como objeto de investigación de la filosofía (abordar las relaciones entre realidad, representación y producción subjetividad) y de la teoría queer (desde una perspectiva que contemple las estrategias de resistencia a la normalización de las minorías sexuales, de género y corporales).
8) Walter Kendrick, The Secret Museum, Pornography in Modern Culture, California University Press, Berkeley, 1987.
9) Ver: C.O. Müller, Ancient Art and Its Remains. A Manual of Archeology of Art, London, 1850.
10) Nicolas E. Restiff de la Brettonne, Le Pornographe, Paris, 1769.
11) La figura de Jean-Baptiste Parent-Duchâtelet condensa el solapamiento de pornografía, prostitución y higiene pública: escritor de un importante tratado sobre la prostitución, Parent-Duchâlet era médico y encargado del sistema de desagües públicos de París. Parent-Duchâtelet, De La Prostitution Dans La Ville De Paris, Considérée Sous Le Rapport De L’hygiène Publique, De La Morale Et De L’administration, París, 1836.
12) Sobre homosexualidad y pornografía a principios del siglo XX ver el estudio histórico de Thomas Waugh, Hard To Imagine: Gay Male Eroticism in Photography and Film from the Beginnings to Stonewall, Columbia University Press, New York, 1996.
13) Ver: Thomas Waugh, «Homosociality in the Classical American Stag Film: Off-Screen, On-Screen», en Porn Studies, Op.Cit., p. 127-141.
14) Por el contrario, es posible que el control político al que está sometida la representación pornográfica surja precisamente de la voluntad de reducir el margen de vulnerabilidad del espectador frente a la imagen.

Texto compartido de la web de ARTELEKU

martes

"HIJ*S DEL HOMBRE" por MAURO CABRAL

Ni todas las embarazadas son mujeres ni todos los espermatozoides que fecundan un óvulo pertenecen a un hombre. Este aserto que invita a fruncir el entrecejo y tal vez a releer en busca de un error es una posibilidad cierta que ya tuvo contundentes imágenes en el caso del estadounidense Thomas Beatie, quien, sin ánimo de revolución, ya ha parido tres hijos acompañado de su esposa Nancy. Milagro de la vida y de la diversidad, expresiones de poderoso deseo que pueden ser tanto leídas como subversiones al sistema de géneros como reacomodamientos conservadores para preservar la familia nuclear. Mientras sea sin violencia...
Scott Moore parió a su tercera hija en marzo de 2010 
acompañado por su pareja Thomas. 
“Yo no tengo problemas con mis dos papás, los problemas son de los otros”, 
dijo entonces el mayor de los niños al San Francisco Chronicle.
Hace apenas poco más de un año Natalia —la Pepa— Gaitán moría en una calle de Córdoba, asesinada por los disparos del padrastro de su novia. A iniciativa del grupo Las Safinas, la Comisión de Derechos Humanos del Consejo Municipal de Rosario acaba de instituir el 7 de marzo como el Día contra la Lesbofobia. En distintas ciudades del país se han sucedido sentadas, murales, actos, marchas y festivales. Por medio de las listas de correo electrónico y las redes sociales que conectan a grupos y activistas del país y del exterior circularon volantes, fotografías, pintadas callejeras y esténciles; textos de repudio, llamados a la acción, a la justicia, al nunca más, al futuro que sepamos conseguir. Esa circulación fue también la de una incertidumbre, una pregunta que atravesó las distintas maneras del representar. Es cierto, la muerte periférica de Natalia Gaitán es reconocible en los términos, tantas veces coincidentes, de la violencia de género y de la violencia contra las lesbianas. Y, sin embargo, hay algo que persiste, en la forma de una duda o en la forma de una demanda: su innegable masculinidad. ¿Cómo dar cuenta de la violencia que amenaza y, tantas veces, alcanza y destruye a quienes encarnamos expresiones, sexualidades, identidades masculinas habiendo sido asignadas al sexo femenino al nacer? No se trata, claro está, de encontrar el término adecuado para nombrar a la Pepa, sino de reconocer que, cualquiera sean esos términos, impondrán una designación a quien ya no está celebrarla o repudiarla: mujer, lesbiana, torta, chongo. Su asesinato puso fin a su oportunidad de nombrarse, pero la pregunta por la articulación de las masculinidades —femeninas, lésbicas, trans...— permanece, impertérrita. No se detiene ante la muerte. Ni ante la vida.
Jenson Beatie nació a comienzos de agosto del año 2010. Su orgulloso padre lo presentó al mundo hablando de su cabello castaño y sus ojos azules, de su gran tamaño y su salud estupenda. En julio del año anterior había nacido su hermano Austin y, un año antes, su hermana Susan. Redactar su certificado de nacimiento había puesto en serios aprietos al registro civil de Oregon: ¿cómo registrar legalmente su filiación si habían sido dados a luz por Thomas Beatie, su padre?
Nadie querría mi fama, declaraba Thomas hace casi cuatro años atrás, mientras Susan crecía en su vientre. Esa fama se parece más bien a la infamia. Es la clase de fama que mueve a las personas al desprecio. Al odio. A las amenazas de muerte, provenientes de cada lugar en el mundo donde hay quienes niegan el derecho de un hombre transexual a parir sus propi*s hij*s, llegando a negar la existencia de ese hombre en tanto que hombre, y amenazando, incluso, su derecho a la vida.
Thomas Beatie anunció su embarazo a través de una nota publicada por The Advocate, rápidamente multiplicada y amplificada por cientos de miles de reproducciones, traducciones y comentarios. Era necesario hacerlo público, y en nuestros términos, declaraba Thomas en nombre, también, de su esposa Nancy. Tratar de ocultar un hombre embarazado sería como tratar de ocultar un gorila de 800 libras, dijo en aquellos días, mientras la imagen espectacular de su cuerpo transmasculino embarazado daba varias veces la vuelta al mundo a la velocidad de la luz.
El embarazo de Thomas tuvo lugar en el entrecruzamiento de distintas coyunturas. Afortunadamente, había sido capaz de cambiar legalmente de sexo sin tener que operarse para modificar sus genitales ni anular quirúrgicamente su capacidad reproductiva (severamente disminuida, sin embargo, por el tratamiento hormonal virilizante; tuvo que abandonarlo para que el embarazo fuera posible). Su esposa había sufrido una histerectomía, por lo que la única posibilidad de reproducirse biológicamente pasaba, entonces, por el útero de Thomas. Nueve clínicas especializadas en tecnologías reproductivas rechazaron a la pareja, por lo que la inseminación se realizó de manera casera. La noticia extraordinaria del nacimiento de Susan, recogida por medios periodísticos de casi todas partes y en casi todas las lenguas, fue presentada por Thomas en los términos más ordinarios: “Somos un hombre, una mujer y una niña. Es irónico que seamos tan diferentes, pero aun así, no somos más que una familia, igual a la de cualquiera”.
La gesta de Thomas Beatie fue recibida con ánimo dispar. Algunos grupos y activistas GLTB intentaron, infructuosamente, convencerlo de la necesidad de invisibilizarse a fin de no comprometer la posición del colectivo. Otros aplaudieron. La cuestión alcanzó rápidamente un rango teórico. La filósofa/el filósofo Beatriz “Beto” Preciado afirmó que su amigo Thomas Beatie (en su léxico, un tecnohombre) al dinamitar el binomio de género demostraba que el sexo no existe. La teórica/el teórico cultural Judith —Jack— Halberstam mostró, más bien, una cautela crítica. Después de todo, la familia Beatie venía a demostrar eso que bien sabemos por estos lares: lo importante es la familia, y la familia de sangre. Y así como las palabras e imágenes de Thomas abrieron, a su juicio, la oportunidad para una visibilidad sin precedentes, también trabajaron en contra de cualquier subversión contra el parentesco institucionalizado. Diría Thomas Beatie, aunando en una frase todo el potencial subversivo y conservador de su paternidad: “querer tener hij*s biológic*s no es un deseo femenino o masculino, es un deseo humano”.
La historia anglosajona de Thomas Beatie tuvo, en su momento, una réplica en nuestra lengua. Rubén Noé Coronado Giménez, un hombre transexual español, anunciaba su embarazo en marzo del 2009 —a su manera, también, un embarazo único. Se trataba del primer hombre trans embarazado de gemelos. Esperanza, la esposa de Rubén, tampoco podía concebir. El marco médico-legal, esta vez, fue diferente. Rubén pudo acceder a la inseminación artificial de un óvulo propio porque aún no había cambiado su sexo registral.
El embarazo de Rubén fue también criticado con dureza desde posiciones políticas diversas, incluyendo posiciones políticas no fundamentalistas, o progresistas moderadas. Por ejemplo, Carlos Martínez Gorriarán, de UPyD (Unión, Progreso y Democracia), escribió un artículo titulado “No me llames tonto que es tontofobia”, en el que desplegaba, precisamente, esa conocida fobia a la dualidad que cada tanto nos azota con su miseria. “Un sujeto así —dijo, y cito textual— sería perfecto para, por ejemplo, presidir un gobierno o un gran banco; estaría inmunizado contra toda crítica imaginable por su condición de antigua mujer y nuevo hombre, de madre y padre a la vez...” Pilar Rahola, ex diputada del ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) e identificada como de izquierdas, acosó a Rubén en una entrevista televisada en la que le pronosticó “un lío mental de narices” al fruto de ese “experimento”. El Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid (Cogam) comentó el suceso en términos condenatorios que, al mismo tiempo, vislumbran la raigambre del problema: “... como licenciada en filosofía hispánica y conocida oradora política debería tener un dominio del lenguaje”. Ese dominio es, ni más ni menos, aquello que los embarazos transmasculinos ponen en jaque.
El embarazo de Rubén fue interrumpido por un aborto espontáneo; Esperanza y él anunciaron que pronto volverían a intentarlo.
Las historias relatadas hasta aquí comparten un par de rasgos comunes que vale la pena destacar. Son, por un lado, historias de amor heterosexual y, por el otro, historias clínicas: en ambas, el embarazo masculino es presentado como consecuencia de la infertilidad femenina. Y si bien las imágenes erotizadas de Thomas Beatie embarazado y la recurrencia de sus partos introducen algo del orden del deseo, el relato oficial sigue subordinando ese deseo al supremo acto de amor de un esposo por su esposa. La introducción de tecnologías reproductivas en ese relato contribuye a silenciar la pregunta por otras economías gestacionales: homosexuales, homogenéricas...
La sexta temporada de The L Word mostraba la relación entre Max Sweeny —el hombre transexual de la serie— y el traductor gay Tom Mater. El embarazo de Max no fue, en este caso, un producto del amor y/o de la necesidad de tener hij*s biológic*s, ni la respuesta a la imposibilidad reproductiva de alguien más. Fue, sencillamente, resultado del sexo entre un hombre transexual y un hombre cisexual. El guión de la serie, de una normatividad voluntariosa, terminó por separar lo que había unido el deseo. Max despierta un día y descubre que el armario de Tom está vacío. Ha desaparecido. Ha huido de las curvas que el embarazo marca en el cuerpo de Max, de las clases preparto donde, horror de horrores, debía introducir un dedo en la vagina de otro hombre (puesto que toda normativa sexual que se precie de tal debe insistir en la distinción orgánica: una cosa es el pene, y el dedo, en fin, es, o debe ser, realmente otra cosa). El armario vacío daba cuenta del agotamiento de una pasión gay impugnada desde un comienzo. Por fortuna existen en el mundo hombres con deseos frondosos y armarios con varios fondos y bien nutridos. En YouTube, los videos posteados por prettyboycameron acerca de su vida con Ethan, su novio trans —incluido el embarazo de Ethan y el nacimiento de la hija de ambos— dan cuenta de ese deseo al que la ficción gay-lésbica apenas se atreve.
Los embarazos homotrans tienen también versiones homogenéricas. En el año 2000 –sí, el 2000—, Pat Califia publicaba en The Village Voice un artículo titulado “Valores Familiares. Dos padres diferentes: ninguno de nosotros nació varón”. El texto describía la relación entre Pat —a la sazón comenzando su transición— con Matt Rice, su compañero, también trans. Y Blake, el hijo de ambos, parido por Matt. Mucho antes de que Thomas Beatie se convirtiera en el primer hombre trans embarazado, Matt conoció y enfrentó la furia de su comunidad. “Las únicas personas que se molestaron —aclaraba Pat Califia— fueron algunos hombres trans homofóbicos que se identifican como heterosexuales, que empezaron a llamar a Matt por su nombre de chica porque los hombres de verdad no quedan embarazados. Uno de esos fanáticos llegó a decir que para nuestro bebé sería mejor nacer muerto que crecer con dos personas que están confundidas respecto de su género.” El horror fue tal que Matt decidió abandonar el activismo. Sin embargo, Blake nació también en el seno de una comunidad de vecin*s amoros*s y rodeado de esa gente que, según Pat Califia, está dispuesta “a vivir en una sociedad verdaderamente diversa, libre de la tiranía del género y de la proscripción de los placeres”.
En su artículo “La resistencia es fértil” —publicada en noviembre del 2010 por la revista británica Diva—, el artista Del Lagrace Volcano introducía su propia historia: la de un activista queer comprometido con la producción cultural y no con la multiplicación de la especie. Sin embargo, y en el contexto de su relación con su compañero, también llamado Matt, descubrió que una vida queer no tiene por qué ser “el equivalente a no tener hij*s, a vivir en una ciudad o a tener el estilo de vida de l*s jóvenes”. Por el contrario, dice Del, “para mí ser queer es desafiar el statu quo”, incluyendo, claro está, el statu quo reproductivo.
En abril del año 2008, Thomas Beatie escribía en The Advocate: “La esterilización no es un requisito para la reasignación de sexo, de modo que decidí reconstruir quirúrgicamente mi pecho y tratarme con testosterona, pero conservando mis derechos reproductivos”. Desgraciadamente, la opción de Beatie sólo es posible en algunos lugares del mundo e imposible en muchos otros. La esterilidad continúa siendo un requisito para el cambio legal de sexo en países tan comprometidos con los derechos humanos como... los europeos. Sólo Gran Breñana cuenta con una ley, el Acta de Reconocimiento de Género, del año 2004, que no requiere el requisito de esterilidad, mientras que Hungría y Estonia respetan los derechos reproductivos de las personas trans sin contar con un marco legal específico. Lo que se dice, pequeños oasis en el desierto.
Lo terrible de este cuadro no radica, solamente, en su articulación en instrumentos legales existente, sino su expresión, incomprensible, en documentos que dan cuenta de una imaginación jurídico-normativa diferenciada. Por ejemplo, el texto de la Propuesta de la Campaña Interamericana de los Derechos Sexuales y los Derechos Reproductivos afirma, en su artículo 17, el derecho a la autonomía reproductiva de “todas las personas”, quienes tienen derecho a “tomar decisiones de manera libre y responsable en relación con su reproducción, incluyendo el derecho a decidir si tener o no tener hijos biológicos...”. Y en el artículo siguiente, que trata del derecho a la maternidad segura y responsable, el sujeto de derechos se ve, de pronto, restringido a “las mujeres”. Este paso discursivo que va desde “todas las personas” a “las mujeres” coloca a los hombres trans en posiciones inevitablemente incómodas: o bien no somos hombres ni podemos ser padres (puesto que nuestros derechos reproductivos se conjugan en femenino), o bien nuestros derechos reproductivos no cuentan como tales. Para el agent agitateur Blas R., ampliar la formulación de este artículo hasta alcanzar, nuevamente, a todas las personas, sería “una cuestión simbólica, pero valiosa”.
Algo de este valor comienza a filtrarse en el sistema legal argentino; a lo largo de la última década se sucedieron fallos judiciales que otorgaban el reconocimiento de la identidad de género sólo en virtud del cumplimiento de una serie de requisitos, entre los que estaba, por supuesto, la esterilidad. Los fallos más recientes, sin embargo, comienzan a fundamentarse más en consideraciones de derechos humanos que en ideales normativos de la feminidad y la masculinidad, ideales dotados de una altísima eficacia mutilante. Y es nuestro trabajo lograr que ese mismo valor se traslade a otr*s operador*s jurídic*s, desde aquell*s que hacen cumplir las leyes a aquell*s que las producen.
La película Children of Men —traducida al castellano como Hijos del hombre— sitúa la acción en un futuro cercano. Es el año 2027, y los seres humanos ya no procrean. La persona más joven del mundo tiene 18 años. En un contexto desolado y violento, la mujer menos pensada está embarazada, y pare a una niña. A diferencia del giro esperanzador —por no decir mesiánico— que adopta la película, yo no titulé a esta nota “Hij*s del hombre” porque creyera que nuestr*s hij*s salvarán al mundo. Tampoco porque crea que la emancipación pasa por las materpaternidades gay-lésbicas, bisexuales o queer. Sí creo, en cambio, que las posibilidades reproductivas de estos y otros hombres trans son justamente eso: una posibilidad. Una posibilidad que se abre y se sostiene, haciéndoles frente a las violencias que azotan sin pausa nuestras masculinidades, y tantas otras. Esa posibilidad puede, un día, ser recuperada para la subversión de género. La misma posibilidad puede, otro día, ser conjugada en los términos del conservadurismo de la diferencia sexual. Así es el mundo.
Lo importante es que late.

Este artículo fue publicado el 11 de Marzo de 2011 en SOY, Página 12.

viernes

"TRANS* VAMOS A HABLAR" con Lucas Platero e Isa Vázquez.

Lucas Platero e Isa conversan sobre el libro 'Trans*exualidades', que habla de la responsabilidad de educar en igualdad, sin discriminaciones.

Isa y Lucas Platero
Tras la publicación del libro Trans*exualidades. Acompa­ñamiento, factores de salud y recursos educativos (Bellate­rra, 2014), Diagonal nos invita a compartir cómo ha sido el proceso de elaboración, una invitación que aceptamos encantadas. No sólo porque lo hemos pasado muy bien, sino porque muestra la importancia del trabajo colaborativo, que combina diferentes saberes. Isa Vázquez es ilustradora, colaboradora de este medio, y es maestra de una escuela pública; Lucas también es docente en secundaria en la educación pública y activista trans*.
Lucas: Nos conocimos gracias a una ilustración publicada en Diagonal, que planteaba la posibilidad de pensarse fuera de las “cajas” del género hombre y mujer. Me gustó mucho y tras un par de correos electrónicos… ¡ya estábamos trabajando! Isa, ¿qué es lo primero que te llamó la atención de este libro?
Isa: Ya conocía tu trabajo, pero lo que realmente me enganchó fue verlo como una ayuda real para personas sensibles al tema, que quieren intervenir pero carecen de estrategias y de formación. Desde mi trabajo en escuelas e institutos, creo que ambos están llenos de profesores con esa necesidad, y que este libro va a marcar una diferencia. Decidí embarcarme en seguida.
Lucas: ¡Ha sido una locura lo bien que hemos encajado! No es fácil entender la sutilidad de las cuestiones trans* sin patologizar ni esencializarlas. Tú has sido capaz de ver los matices, evidenciar las preguntas estúpidas, el peso de las normas sociales… El libro está lleno de ilustraciones tuyas y también de Nac Bremón, que ha hecho la portada, Coco Riot, Morgan Boecher, Miriam Dobson y Emma Gascó. Me llama la atención tu sensibilidad para ilustrar las necesidades de las personas trans*, ¿de dónde surge?
Isa: He tenido la suerte de conocer a la gente adecuada: gente que rompía moldes, éstos y otros, que ayudan a cuestionarse las cosas a quienes les rodean, y gente con mente abierta. Partiendo de que las niñas que leen literalmente a todas las horas del día, desgarbadas y con gafas muy muy grandes… bueno, también encajamos de aquella manera en la feminidad. He tenido además la oportunidad de leer mucho. Una cosa que me encanta del texto es que, aun siendo éste un tema sobre el que has investigado tanto,mantienes un tono sencillo, asequible, muy comunicativo. ¿Haces un esfuerzo consciente por no usar “palabros”, sonar muy académico?
Lucas: Me gusta escribir de manera accesible, incluso cuando hablo de cosas muy complicadas. Por ejemplo, en el título, trans* con asterisco, añado la complejidad de señalar que las vivencias trans* son muy diversas, pero que se puede encontrar lugares donde converjamos para movilizarnos y plantear luchas comunes, como puede ser la despatologización o los derechos de la infancia, entre otros. A veces se confunde usar un lenguaje accesible con no estar introduciendo matices, por ejemplo, sobre cómo se puede pensar sobre los menores trans* o la definición misma de lo trans*, que para mí tiene más que ver con querer escapar de las expectativas sobre el sexo asignado en el nacimiento que con un trayectoria vital más o menos típica, con unos pasos determinados.
Isa: Ser profe ha tenido mucho que ver con el entusiasmo que siento por este libro, en el que hay mucha presencia de niños y jóvenes. También creo que me obliga a buscar maneras de expresarme, que realmente puedan comunicar. Y puede ser por eso que le dé tanto peso a lo visual y al humor. Por otra parte, creo que el contacto cotidiano con jóvenes, en una etapa de sus vidas tan intensa y de tantos cambios, te obliga también a un esfuerzo especial para poder acompañarles, ser receptiva, no tener demasiados prejuicios. Tú que también trabajas con jóvenes, ¿cómo crees que te influye?
Lucas: Me atraviesa la experiencia docente en la educación secundaria, así como mis clases en la facultad de psicología, y creo que esto se nota. Mis estudiantes son muy críticas y, si no entienden algo, te lo dicen a la primera. Les gusta mucho que los contenidos se puedan vivenciar o dibujar o representar, de manera que me ayudan a pulir los argumentos. Me empujan a tener una pedagogía crítica que sea “todo terreno”, muy adaptada a cada necesidad y momento. Y es que la enseñanza es un proceso de ida y vuelta, no sólo estamos el profesorado, sino el alumnado y la relación que construimos cada día.
Isa: Estoy totalmente de acuerdo. Y otro mensaje que acompaña todo el libro es que la transexualidad no es una enfermedad. ¿Por qué es importante decir eso?
Lucas: A menudo se percibe a las personas trans* como problemáticas, ya sea porque “alteramos el orden” o somos percibidos como “causantes” de la ruptura de la disciplina o de “la paz” de las instituciones en las que participamos. Desafiamos la estabilidad de aquello que aparece como dado. Las personas trans* no somos un problema, la sociedad es tránsfoba. Lanzar ese mensaje es importante porque resitúa la responsabilidad de la acción y el cambio en los agentes sociales, las autoridades y en una sociedad que a menudo prefiere mirar a otro lado cuando se produce la discriminación.
Isa: Veo que tendemos a hacer responsables de todo a los chavales, y sin embargo están expuestos a la presión de esos agentes sociales, del entorno, y reciben la influencia decisiva de las familias. Tú has trabajado mucho con familias, ¿qué has observado?
Lucas: ¡El trabajo con las familias ha sido fantástico! También es verdad que sólo me he entrevistado con familias que apoyan a sus hijos e hijas, ya que me interesa identificar aquellas estrategias para tener vidas más vivibles, menos conflictivas y problematizadas. He encontrado familias que cultivan la posibilidad de acompañar a estos menores en sus procesos, sin imponer ritmos ni términos patologizantes, negociando cómo ir haciendo cambios en la vida cotidiana, elegir un nuevo nombre… Todas aquellas cosas que hacen las familias para facilitar ir probando. Es fascinante la creatividad de lxs menores, que explican sus experiencias nombrando que su proceso implica desvelar lo que viven, siguiendo “escaleras de confianza”, pensar su identidad en tránsito como “ser niños probando a ser niñas”… Familias que buscan un parque distinto donde vivirse con otro nombre, que quieren conocer a otras familias y que intercambian trucos y estrategias para vivir mejor. Es fundamental señalar que hay factores sencillos que ayudan a las personas trans* a vivir mejor. Van desde el apoyo familiar, conectar con otras personas, ya sean familiares, profes u otras adultas, conocer a otras personas trans* de todas las edades y poder crecer en una escuela que aspire a ser segura. A menudo, las chicas y los chicos están atrapados en nociones como la “inocencia de la infancia” o “el bien del menor” que les incapacitan para ser escuchados y respetados, bajo la premisa de que otra persona decide por ti porque sabe más. ¿Crees que las escuelas que conoces podrían pensar en la infancia de otra manera, o usar materiales transformadores como este libro?
Isa: Me encantaría decir que en cualquier escuela o instituto va a ser recibido unánimemente con los brazos abiertos, pero no son tiempos fáciles para la educación, con el cúmulo de recortes salvajes y reformas antipedagógicas. En todos los centros hay profes reticentes a cambiar y profes simplemente bajo mucho estrés. Pero en todos los centros hay también profes que creen en su alumnado, que están dispuestas a escuchar, que las ven como personas mucho más complejas que lo que dicen sus boletines de notas. ¿Se puede esperar que las profes conciban que sus alumnxs pueden ser trans* y que eso no se vea como un problema? De entrada puede ser difícil, pero creo que la relación de cariño y apoyo que se da entre una profe entregada y su alumnado abre muchas mentes. Es una relación que lleva mucho esfuerzo, pero es muy potente.
Lucas: Los menores trans* provocan que sus familias aprendan con y de ellos y ellas, incluso en aquellas familias que a priori no estaban predispuestas favorablemente. No todo son historias felices, pero cuando lo son es porque las personas adultas tienen la humildad de admitir que no lo saben todo, que han de escuchar a sus hijos e hijas trans* y que se trata de una aventura de aprendizaje donde no hay guion. En el caso de la escuela y otros agentes sociales puede ser muy parecido; es la relación y el diálogo los que permiten adaptarnos a las necesidades de las personas trans*, aprendiendo juntas y desmontando mitos e ideas erróneas. Quería preguntarte algo un poco personal, pero que es relevante. Tú tienes una hija pequeña y estás embarazada, además de la estupenda relación que tienes con tus estudiantes. ¿De qué manera tu vida personal es fundamental para entender tu trabajo como ilustradora especialista, si me permites, en la temática trans*?
Isa: Desde el primer día, me ha encantado sentarme a trabajar contigo con mi barrigón y ojeras de mamá, y las llamadas del padre porque la niña ha hecho no sé qué, teniendo contigo tantas cosas en común, cosas leídas, pensamientos, mucho humor compartido, experiencias comunes… Me encanta porque ilustra, para mí, que efectivamente somos mucho más que las cajas y que fuera de ellas todo es tanto más divertido. Para mí, la llegada de lo queer y lo trans a mi vida, de la mano de Kate Bornstein, fue una fiesta. Me identificaba un montón con esa idea de salir del molde, de jugar a ser y a descubrirse, y con este libro he revivido esas lecturas y esa alegría, lo he disfrutado un montón. ¿Señalarías algún recuerdo o momento de la creación de este libro en especial?
Lucas: ¡Tengo muchísimos! Desde una entrevista con madre gitana que fue genial no sólo por enfrentarme al racismo cotidiano que impregna nuestras vidas, sino también por la fuerza vital con la que apoya a su hija trans*. También recuerdo como algo clave los comentarios que han hecho amigos y amigas, que me han ayudado a afinar los contenidos o la reacción que causa la portada, con todos estos “jarins” desnudos... //

Entrevista compartida de Diagonal, y publicada en este medio el 4 de Enero de 2015.

martes

LA NIÑA, LA LESBIANA, EL ANO TOTAL por BEATRIZ PRECIADO

"Una revolución anal por venir tendría que elaborar un modelo educativo en el que fuera posible explicitar colectivamente los dispositivos de construcción de minorías desviadas (de clase, de raza, de religión, de género, de sexualidad, de edad ... ), así como la historia oposicional, las narrativas disidentes y las plataformas de resistencia que hacen posible la supervivencia de estos sujetos abyectos de la historia".
"Biopolíticamente la edad adulta es eso: la edad del libro y del ano cerrado. Cabría preguntarse con Hocquenghem si es posible leer y escribir con el ano abierto y cómo serían una escricura y una lectura anales".

Beatriz Preciado

Pero, ¿dónde queda la víscera hueca, dónde queda el ano de la niña?
Tanto en la Pedagogía pervertida de Schérer como en El deseo homosexual de Hocquenghem se trata desde el principio de Edipo y del ano masculino, de Emilio y de las relaciones con su preceptor. Se nos dice que el educador -al mismo tiempo parte del dispositivo de vigilancia panóptica y beneficiario de un surplus de placer escópico-pone un lápiz en la mano del pequeño Emilio masturbador- la misma mano que hasta ahora sujetaba frenéticamente su pene- y le enseña a escribir. 
Pero nada se sabe de la niña, que ni tiene pene, ni parece masturbarse. Por tanto, la niña (víscera hueca, lesbiana, marimacho) parece caer fuera del circuito masturbación-escritura-educación que preside la pedagogía masculina. Lo que parece escapar a veces a estos por otra parte agudos y provocativos análisis es que la institución educativa es ante todo, por decirlo con Teresa de Lauretis, «una industria política de genderización» del cuerpo. Si hay, como indica Schérer, des-sexualización, o normalización heterosexual del cuerpo, como dice Hocquenghem, es sobre todo gracias y a través de la producción de la masculinidad y la feminidad normativas. Podríamos decir, con Judith Butler y Deborah Britzman, que el colegio (y por extensión la universidad, el museo, la biblioteca, el archivo...) es un espacio altamente performativo donde el cuerpo del alumno (tubo dérmico más que niño o niña) aprende, ensaya y pone a prueba modelos discursivos, estéticos y biopolíticos de normalidad y de desviación de género.

El desplazamiento que lleva a cabo Judith Butler, desde una ontología del sexo (sexo como anatomía y esencia) a un géneto performativo (género como práctica cultural e histórica), invita a pensar la identidad de género y sexual como tácticas disciplinarias, como efectos de un proceso pedagógico de genderización, un proceso de incorporación de normas a través de repeticiones coercitivas que ocultan su dimensión histórica y contingente y que se afirman como naturales. Frente al espacio educativo como un medio en el que la heterosexualidad institucionalizada constituye la norma de todo posible agenciamiento, el cuerpo queer (ni masculino ni femenino, ni infantil ni adulto, ni humano ni animal ) es aquel que se construye como sujeto que resiste y contesta a ese proceso de normalización pedagógica,encontrando puntos de fuga que permitan agenciamientos desviados.  Aquí queer no se entiende simplemente  como una práctica sexual o una identidad sexual, sino por una parte como el efecto de un conjunto de fuerzas de opresión y de resistencia, pero también como un espacio de empoderamiento y de movilización revolucionaria.

Treinta años después de la publicación de El deseo homosexual y de la Pedagogía pervertida, los movimientos intersexuales darán un golpe definitivo al sistema sexo/género tradicional exponiendo los dispositivos tecnopolíticos a través de los que se construye la normalidad de la diferencia sexual en la infancia. Como mostraron los estudios de Susan Kessler y corroboran hoy las prácticas críticas de activistas intersexuales como Cheryl Chase y Mauro Cabral, si el cuerpo intersexual es intervenido y mutilado en la infancia es precisamente porque las instituciones de socialización (familia, colegio, administraciones estatales y locales...) no pueden funcionar con un cuerpo que pone en cuestión las categorías binarias de sexo y género con las que éstas trabajan. Al rechazar la asignación normativa de sexo masculino o femenino, el cuerpo intersexual es situado en el límite de lo humano: desde un punto de vista institucional, no tiene rostro ni nombre, es un simple ano.

Las instituciones educativas operan aquí como auténticas técnicas de normalización del sexo y del género. Los críticos transgénero y transexuales, corno Del LaGrace Volcano, Dean Spader o Pat Califia insisten hoy en que existe una continuidad coercitiva entre el control de los dispositivos culturales de reproducción sexual y de filiación y la normalización de los modelos educativos de reproducción cultural. Una revolución anal por venir tendría que elaborar un modelo educativo en el que fuera posible explicitar colectivamente los dispositivos de construcción de minorías desviadas (de clase, de raza, de religión, de género, de sexualidad, de edad ... ), así como la historia oposicional, las narrativas disidentes y las plataformas de resistencia que hacen posible la supervivencia de estos sujetos abyectos de la historia.
La historia de la normalización, de la lectura, de la escritura y de su pedagogía no son historias de signos, no son hermenéuticas, sino historias de cuerpos, procesos de incorporación subjetivamente de saber que determinan potencias de actuar. Biopolíticamente la edad adulta es eso: la edad del libro y del ano cerrado. Cabría preguntarse con Hocquenghem si es posible leer y escribir con el ano abierto y cómo serían una escricura y una lectura anales.

Lo que parece claro es que el movimiento de censura desencadenado en Francia tras la publicación de los textos de Hocquenghem, Schérer y el FHAR sobre el «amor por los niños» era el síntoma de una mutación de las categorías medico-jurídicas con las que occidente había modelado el deseo y la producción de la especie. Las estrategias de conocimiento y control que llevan a la estigmatización o la criminalización social estaban desplazándose desde la figura decimonónica del homosexual, absorbida y normalizada por la «culcura gay», hasta la figura del pedófilo como nuevo límite de lo humano. 19 Habría que preguntarse con Hocquenghem y Schérer: ¿Qué quiere decir pedofilia? ¿Cuál es la relación política que existe entre los constructor de edad y de sexualidad? ¿Cuál es la máquina social que la pedofilia encarna? ¿Qué produce y qué consume esta máquina pedofílica? ¿Qué placer colectivo nos procura la sexualización de la infancia? ¿Cuál es el deseo sublimado tras el delirio paranoico frente a la pedofilia? ¿Acaso no es el miedo a reconocer los deseos pedófilos colectivos que se codifican y territorializan a través de la institución de la familia lo que nos hace ver e inventar al pedófilo como figura de lo abyecto? ¿Qué hay de pedofilia en el "deseo de tener un hijo»? ¿Y en la promoción del cuerpo joven y su reconstrucción técnica?

En los textos publicados en 1973 en la revista Recherches, el lenguaje del FHAR abre una nueva dirección política.20 Habla un colectivo de niños pederastas. No es éste un movimiento de adultos que buscan «proteger» a los menores de los peligros de la sexualidad o de «iniciarlos» al placer, sino un movimiento de menores que buscan redefinir los límites de su cuerpo, hablar de su propia sexualidad, tomar decisiones acerca del placer y de los modos de producirlo y regularlo. «El FHAR ha formado una comisión de menores que dicen: no queremos que los tipos nos tiren los tejos, que nos obliguen a hacer el amor, como si los menores fuéramos el objeto sexual de los pederastas, de la pederastia platónica, pedagógica, reaccionaria. La liberación del colegio pasa por la liberación contra ese tipo de pederastas. Ese movimiento de liberación es también un movimiento de menores contra los pederastas adultos.»

19. La categoría de sexo transgeneracional (junto con la necrofilia, por ejemplo) es la única que continúa siendo en las sociedades democráticas europeas objeto de represión legal después de 1979.

20. Los artículos sobre «pedofilia» fueron una de las causas de la prohibición de la revista y continúan hoy siendo inaccesibles en las republicaciones digitales del número de «Trois milliards de pervers».


Capítulo extraído del texto Terror anal de Beatriz Preciado. Terror anal constituye un diálogo radical con "El deseo homosexual" de Hocquenghem. Supone revisitar, tras más de treinta años de lucha, las posiciones primigenias de los visionarios y reivindicar su furia, si cabe con más rabia. Éste el desafío anal: un golpe de Estado en toda regla larvado en las mismísimas entrañas de la heteronormatividad. Y, sin embargo, ésa es también su terrorífica promesa...