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CUERPOS INSUMISOS por PAUL B. PRECIADO

Paul B. Preciado

He aquí tres momentos de la historia política del cuerpo: la ascesis mística, el suplicio del condenado, Cambio radical. La modernidad podría ser entendida como un proceso de secularización del cuerpo. Si el cuerpo premoderno era un organismo cerrado habitado por la divinidad cuyo destino y significación estaba regido por los las leyes teológicas, el cuerpo moderno se caracterizará por expulsar progresivamente a Dios, aceptando al Estado y sus instituciones disciplinarias como nuevos inquilinos de la corporalidad. En los últimos dos siglos, el cuerpo progresivamente desalojado por lo sagrado, lo metafísico y lo estatal, cuerpo libre al riesgo de verse desencantado, se deja okupar por las fuerzas del capitalismo global.

Para complicar las cosas, este cuerpo no tiene sus límites en la envoltura carnal que la piel bordea, ni puede entenderse como un sustrato biológico fuera de los entramados de producción y cultivo propios de la tecnociencia. Dicho con Donna Haraway, el cuerpo contemporáneo es una entidad tecnoviva multiconectada que incorpora tecnología. Ni organismo, ni máquina, ni naturaleza, ni cultura: tecnocuerpo. La nuevas técnicas quirúrgicas y farmacológicas ponen en marcha procesos de construcción tectónica que combinan modos de representación figurativos que provienen del cine y de la arquitectura, como el montaje, el modeling en 3D o el diseño de personalidad, según los cuales los órganos, tejidos, fluidos y moléculas se transforman en materias primas a partir de las que se fabrica nuestra corporalidad.

Lo que hace aún más complejo nuestro estatuto como cuerpos del siglo XXI es que este proceso de secularización y producción técnica no afecta por igual a todos nuestros órganos. La diferencia de estatus entre una rinoplastia (operación de nariz) y una faloplastia (operación de construcción de un pene) pone de manifiesto que un mismo cuerpo se ve construido por distintos modelos políticos. Mientras la nariz es un órgano regulado por las leyes del mercado tecno-mediático, propiedad privada del sujeto, el pene y la vagina siguen siendo órganos estatales y onto-teológicos, es decir, no me pertenecen a mí, sino al Estado, pues no puedo modificarlos sin pasar por un protocolo psiquiátrico y jurídico de cambio de sexo. Dicho de otro modo, mientras nuestras narices son hipermodernas, nuestras vaginas y penes son premodernos.

Lo interesante es que paralelamente a la secularización del cuerpo y a su transformación en objeto de consumo y diseño de alta tecnología, emergen un conjunto de micropolíticas del cuerpo que apuestan por explicitar colectivamente los procesos de normalización corporal y por una re-apropiación insumisa de sus técnicas de producción. En el año 2000, sentando de algún modo las bases de nuestro destino corporal para el nuevo milenio, el cirujano escocés Robert Smith fue objeto de una controversia bioética internacional por aceptar la petición de Gregg Furth, un paciente que había solicitado que le amputaran las dos piernas aun estando sanas. Aquejado de lo que se conoce según una nomenclatura reciente como BIID (Body Integrity Identity Disorder), enfermedad de la identidad de la integridad corporal, Furth percibía su propio cuerpo bípedo como contrario a su imagen corporal ideal. Aunque el comité bioético impidió que la operación se llevará a cabo, Smith afirmó que ya había amputado a varios pacientes con patologías de dismorfismo corporal similares entre 1993 y 1997. Estas operaciones son consideradas aberrantes por algunos. Pero quién se atreverá a tirarle la primera piedra a Furth: ¿los candidatos al lifting y la liposucción, los portadores de marcapasos, las consumidoras de la píldora, los adictos al Prozac, el Tranquimazín o la coca, los esclavos del régimen hipocalórico, los consumidores de Viagra, aquellos que pasan una media de ocho horas conectados a prótesis informático-mediáticas – ordenadores, televisión, juegos en red…?

Furth no es un loco aislado que quiere someterse a una bacanal quirúrgica, sino uno de los creadores de un conjunto de movimientos micropolíticos que reivindican el derecho a redefinir el cuerpo vivo fuera de las restricciones normativas de la sociedad de los cuerpos hegemónicos válidos. Los defensores políticos de la mutilación electiva adoptan el eslogan de Mies van der Rohe menos es más como divisa de su proyecto de arquitectura corporal ideal.

Paralelamente, los activistas del movimiento cripple (tullidos) están poniendo en jaque a la industria médica al negarse a que se les implanten prótesis cocleares electrónicas que les permitirían oír. Inspirados por la tradición política de los movimientos feminista, negro o queer, estos activistas defienden su derecho a permanecer en la cultura de la sordera, entendiendo el acceso al sonido a través de la prótesis como una imposición normativa que les fuerza a integrar la cultura audista dominante. Por su parte, el movimiento transgénero inicia una crítica de las tecnologías de normalización del cuerpo de los transexuales a principios de los años noventa. Activistas como Kate Bornstein, Pat Califia, Del LaGrace Volcano y Moisés Martínez rechazan la psiquiatrización de la transexualidad y defienden el derecho a definir su propio sexo, reapropiándose de las técnicas hormonales y quirúrgicas para construirse, en disidencia con la masculinidad y la feminidad normativas, un sexo de autodiseño. Estos movimientos de autodeterminación corporal ponen de manifiesto que el ansiado cuerpo normal es el efecto de un violento dispositivo de representación, control y producción cultural.

Lo que nos enseñan los movimientos BIID, cripple o transgénero es que ya no se trata de elegir entre el cuerpo natural y el cuerpo tecnológicamente transformado (¡demasiado tarde!), sino de saber si queremos seguir siendo consumidores dóciles de técnicas biopolíticas de producción de nuestros cuerpos o si queremos devenir conscientes de los procesos tecnológicos que nos constituyen.


Artículo de Paul B. Preciado publicado en La Vanguardia en 2007.