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"FUGITIVXS DEL GÉNERO Y LA HETERONORMATIVIDAD: EL LEGADO DE MONIQUE WITTIG A LOS ACTIVISMOS FEMINISTAS (Y) QUEER" por GRACIA TRUJILLO



En este texto analizo las aportaciones e inspiraciones que Wittig ha supuesto para las teorías y prácticas feministas y, más en concreto, para los feminismos queer y postcolonial. Hay una serie de retos que creo están pendientes de la invitación de Wittig a pensar(nos) de otra manera, más allá de las marcas de género y sexo, y del pensamiento straight, como tituló su conocido ensayo de 1992. Estos debates son centrales, a mi modo de ver, en la configuración de las políticas públicas "de género", entendidas en la mayoría de los casos como de "la mujer", y tienen una serie de implicaciones importantes, entre ellas la relativa a cuál es el sujeto de esas políticas, a quién incluye y a quién está dejando fuera.

Monique Wittig, pensadora, activista, y escritora murió el 2 de Enero de 2003. Tenía 67 años. Vivía en Tucson, Arizona, donde daba clases en la universidad. Por aquella época le habían hecho un homenaje en Francia, con el título de "Porque las lesbianas no son mujeres" -haciendo referencia a su famosa frase de 1978, que supuso la apertura a nuevos territorios de debate y análisis sobre las categorías de sexo y género-, y no llegó a otro que se le iba a hacer en la Universidad de Harvard.  Había escrito, entre otros, L´Opoponax (1964) por el cual recibió el premio Medicis; Les guerilleres (1969);  el irreverente El cuerpo lesbiano (1973), Borrador para un diccionario de las amantes (con Sande Zeig, 1976), tras el que se marchó a Estados Unidos, y El pensamiento heterosexual y otros ensayos (1992 en inglés, y 2001 en francés). Sus trabajos literarios, escritos todos ellos en francés (el inglés lo dedicaría a los ensayos), son más que brillantes, e incluso escribió el guión de la película The girl, que rodaría su compañera, Sande Zeig. Fue, sin embargo, con la publicación de El pensamiento heterosexual cuando Wittig logró una mayor audiencia: la revolución conceptual que contiene este ensayo influyó enormemente -y sigue haciéndolo- en los activismos y teorías feministas a lo largo y ancho del planeta. Lesbiana materialista, anti esencialista, analizó las categorías de sexo y género como construcciones sociales, poniendo en cuestión lo que ella denominó el “régimen heterosexual”. Sus escritos literarios y sus ensayos políticos han tenido asimismo una gran influencia en figuras destacadas del ámbito de las teorías queer, como Teresa de Lauretis, Eve Kosofsky Sedgwick y Judith Butler. Wittig es, de hecho, considerada una de las precursoras de esas teorizaciones. 

En este texto recorreré el legado de Wittig a las teorías y activismos feministas (y) queer rastreando sus huellas, a modo de análisis, y también de homenaje a una escritora que combinaba constantemente lo teórico con la lucha política, y viceversa, como refleja el siguiente párrafo: “hay que llevar a cabo una transformación política de los conceptos clave, es decir, de los conceptos que son estratégicos para nosotras (…) Y ya no podemos dejárselo al poder del pensamiento heterosexual o pensamiento de la dominación” (Wittig, 1992/2006: 54).

Empecemos con Beauvoir y el debate igualdad vs. diferencia

Simone de Beauvoir publicó El segundo sexo en 1949. En este conocido trabajo la filósofa francesa defendía que la diferencia entre sexos no es algo natural: frente a las explicaciones basadas en la biología, Beauvoir abrió el horizonte del análisis al peso de la cultura (la “civilización”).

“No se nace mujer, se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico, económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es la civilización como un conjunto la que produce esa criatura, intermedia entre el hombre y el eunuco, que se describe como femenina”

Beauvoir desarrolló en este trabajo, desde la perspectiva de la influencia hegeliana y del humanismo existencialista, la idea de que la Mujer está definida, en relación con el hombre (el sujeto, el absoluto), como “el otro” (el objeto, condenado a la inmanencia). Ambos, el sujeto y el objeto, se relacionan por una necesidad recíproca (la sexualidad, la reproducción) y similar a la existente entre el amo y el esclavo. La obra de Beauvoir fue muy influyente en la segunda ola de la movilización feminista, surgida en los años sesenta y setenta, en el contexto de la emergencia de los denominados “nuevos movimientos sociales” en los países occidentales. Fue a partir de las propuestas de esta autora cuando el feminismo comenzó a teorizar a cerca de la división entre sexo (material) y el género (aquello construido culturalmente) y a analizar la configuración de ambos géneros. El libro de Robert Stoller Sex and Gender, editado en 1968, supuso el origen de un debate terminológico y filosófico que todavía continúa; ya el título del libro, «Sexo y género»,  evidenciaba la separación entre ambos conceptos.

El movimiento por la liberación de la mujer se articuló, en sus inicios, en torno a un sujeto político de carácter universal (la Mujer), que perseguía aglutinar los elementos de subordinación y discriminación de las mujeres como grupo social, y para el que se quería conseguir representación política. El discurso feminista se construyó sobre la base de las diferencias existentes entre mujeres y hombres, lo que se vino a denominar diferencia de género.  Ese fue el punto de arranque de los denominados feminismos de la igualdad y de la diferencia, que tenían -y mantienen- planteamientos diferentes. El segundo sexo, al analizar y defender que la opresión y desigualdad que sufren las mujeres no se explica atendiendo a las diferencias biológicas entre los sexos sino que es un proceso sociocultural e histórico (en el que a las mujeres no se las reconoce como sujetos autónomos y libres, sino dependientes de los varones) habría potenciado, sobre todo, las ideas del discurso igualitarista.

Para Wittig, una de las cuestiones centrales, desde la perspectiva del feminismo materialista radical, es que la mayoría de las teorizaciones feministas (y lesbianas) están atrapadas en lo que Beauvoir había llamado el Mito de la Mujer. Las dos teóricas comparten asimismo la crítica a la idea de “la mujer” como concepto esencialista, y a la “trampa familiar de que “ser mujer es maravilloso”” (Wittig, 1992: 36).  La “diferencia sexual”, esto es, el “rescate” por una parte del feminismo, de los aspectos que se consideraban más positivos de la construcción sociocultural del “ser mujer” no podía ser, argumentó Wittig, el punto de partida de ninguna lucha de liberación.  

“La ideología de la diferencia sexual opera en nuestra cultura como una censura, en la medida en que oculta la oposición que existe en el plano social entre los hombres y las mujeres poniendo a la naturaleza como causa” (Wittig 1992: 22).

Pero Wittig da un paso más allá de Beauvoir, incluyendo algunas cuestiones que no aparecen en la obra de la autora de El segundo sexo. La primera es que, para Wittig, el género no tiene nada de “natural”, es decir, no existe a priori, antes de que exista una sociedad, ni está fuera de ésta, pero tampoco el sexo. “Porque no hay ningún sexo. Sólo hay un sexo que es oprimido y otro que oprime. Es la opresión la que crea el sexo, y no al revés” (Wittig, 1992: 22). Las mujeres (y los hombres) no constituyen un “grupo natural” sino que se trata de una categoría política y económica (y, como tal, puede ser modificada), establecida para subordinar las mentes y los cuerpos de un sexo al otro. ¿Qué hacer entonces? Es necesario “destruir política, filosófica y simbólicamente las categorías ahistóricas de “hombres” y “mujeres”” (Wittig, 1992: 15), que se han presentado históricamente como “naturales”. La crítica a la imposición de los binarismos - dos géneros, dos sexos-, tampoco estaba en los trabajos de Beauvoir.

“Al admitir que hay una división “natural” entre mujeres y hombres, naturalizamos la historia, asumimos que “hombres” y “mujeres” siempre han existido y siempre existirán.  No sólo naturalizamos la historia sino que también, en consecuencia, naturalizamos los fenómenos sociales que manifiestan nuestra opresión, haciendo imposible cualquier cambio” (Wittig 1992: 33).

La destrucción de las categorías existentes es, defiende Wittig, la estrategia de liberación que tienen que poner en marcha las mujeres si quieren pensar y cambiar, de manera radical, las cosas. La autora además señala, y esta es la tercera aportación más allá del trabajo de Beauvoir, que la heterosexualidad es el régimen político que facilita la opresión de las mujeres por los hombres. Wittig arremete contra la idea de que existen dos sexos por naturaleza y que las relaciones heterosexuales son las “naturales” (y, por tanto, legítimas). La heterosexualidad, más allá de la práctica sexual concreta, es el sistema que promueve la idea de la diferencia entre los sexos, y hay que destruirla si queremos acabar con esa lógica de dominación. La ruptura del contrato heterosexual es lo que hacen las lesbianas, fugitivas de su clase social (la de las mujeres) y de la dominación heterosexista. En El cuerpo lesbiano (1973) Wittig muestra en clave literaria que otras sexualidades son posibles: no heterosexuales, y no centradas en los órganos reproductores, sino en todas y cada una de las partes del cuerpo. 

Este “tercer género” es la figura de la lesbiana en Wittig, que menciona Butler en el primer capítulo de su Gender Trouble (1990). En definitiva, Beauvoir dirá “Una no nace mujer”, mientras que Wittig, ya en sus textos de finales de los años setenta, señala: “Una no nace mujer”, categoría que rechaza por estar marcada en términos de género y de sexo. Wittig va más allá, por tanto, al señalar -y denunciar-  la definición heterosexual de mujer como “segundo sexo”. En su desafío al heterofeminismo, lo que estaría proponiendo Wittig, a partir de la obra de Beauvoir, es que ni se nace mujer, ni hay que llegar a serlo”. Esto es a lo que se refiere De Lauretis con la noción de des-identificación o desplazamiento (2005), idea que retomo más adelante. En el cuestionamiento del vínculo sexo-género, Deleuze, por su parte, recorre un conjunto de figuras “homosexuales” en ese “devenir mujer”. “En el caso de Wittig”, señala Preciado, “el rechazo a incorporar la feminidad heterosexual termina por volver contra sí misma el proceso de metamorfosis del “devenir mujer”: en lugar de naturalizar los efectos de una opresión política, como hace Beauvoir, el “cuerpo lesbiano” hace resaltar el carácter construido, la artificialidad, la monstruosidad del “cuerpo femenino”” (2005: 126). (…)

Los otros feminismos, queer y postcoloniales, retoman a Wittig

A finales de la década de los ochenta, la pandemia del SIDA y los debates y las crisis dentro de los movimientos feministas sobre el sujeto de la lucha sacuden el escenario sociopolítico y vital de las comunidades feministas y sexuales. El gran dilema al que se enfrentan las activistas es que el propio sujeto feminista, la “Mujer”, es algo necesario e imposible a la vez. Esta identidad colectiva, articulada en torno al eje sexo-género y puesta en acción por las organizaciones feministas que están en la calle (y en los despachos), peleando por el cambio cultural y legal, porque las mujeres tengan los mismos derechos y oportunidades en la esfera pública- política, comienza a ser cuestionada por las voces que, “desde los márgenes” (Hooks, 1984), hablan de las experiencias y realidades de otras mujeres, de las que no estaban siendo incluidas. La categoría “Mujer”, punto de partida de las praxis y las teorías feministas, y reflejo de experiencias de opresiones y discriminaciones comunes de las mujeres no recogía cómo esas experiencias, cuerpos y vidas están atravesadas por otros ejes de opresión como el color de piel, la clase social y la sexualidad. En la antología titulada This Bridge Called My Back (Writings by Radical Women of Color), coeditada en 1981 por Cherrie Moraga y Gloria Anzadúa, las teóricas y activistas lesbianas chicanas y negras llaman la atención sobre qué significa no ser blanca, ser pobre y ser lesbiana, y la imposibilidad (y gravedad) de tratar estas cuestiones como compartimentos estanco, unas aisladas de otras; como dirán las activistas del Combahee River Collective, la opresión de género no se puede separar de la dominación racista. Barbara Smith alertaba asimismo en Home girls. A Black Feminist Anthology (1983) del peligro de jerarquizar las opresiones, cuando lo que existe en la realidad social son múltiples “sistemas de opresión” que actúan de manera simultánea, en intersección y determinándose los unos a los otros. 

Las otras mujeres -negras, bolleras, trans, trabajadoras del sexo, pobres, inmigrantes, ilegales…- reclaman, con voz propia, que se tengan en cuenta y nombren las diferencias entre las propias mujeres. Es una rebelión que ni se esperaba ni mucho menos se deseaba por parte de algunos sectores feministas, una crítica demoledora que procedía de lo que Virginie Despentes ha denominado (2007) el “proletariado del feminismo”. Varios conceptos y aportaciones clave de Wittig, analizados en páginas anteriores de este capítulo, son recuperados y van a ir siendo radicalizados por las teorías feministas queer: la desnaturalización de categorías como “mujer” o “femenina”, la crítica a la construcción del género en términos binarios, y el cuestionamiento del “régimen heterosexual”. A la articulación constitutiva del género (y del sexo) con la institución de la heterosexualidad obligatoria de Wittig se le va a sumar ahora la intersección con otros ejes.

Monique Wittig no está sola, como sabemos, en la denuncia del heterocentrismo en las prácticas y teorías feministas: las lesbianas feministas negras, como Audre Lorde y Barbara Smith, y las lesbianas chicanas Cherrie Moraga y Gloria Anzaldúa están escribiendo y denunciando también la exclusión de las otras mestizas, pobres, no heterosexuales, de la lucha feminista. Como apunta De Lauretis (2003), la apertura del espacio conceptual que supuso la afirmación de que “las lesbianas no son mujeres” anticipaba (e influyó) en el desarrollo, a su vez, de otras conceptualizaciones como la de la propia de De Lauretis de “sujeto excéntrico”. Merece la pena retomar aquí su definición, que incluye una mención a Wittig:
“Llamé a ese sujeto excéntrico no sólo en el sentido de que se desvía de la senda normativa, convencional, sino también ex -céntrico en el sentido de que no está él mismo centrado en la institución que sostiene y produce la mente heterosexual, esto es, la institución de la heterosexualidad. De hecho, la institución no preveía tal sujeto y no lo podía considerar, no podía imaginarlo. Lo que caracteriza al sujeto excéntrico es un doble desplazamiento: primero, el desplazamiento físico de la energía erótica en una figura que excede las categorías de sexo y género, la figura que Wittig llamó “la lesbiana”; segundo, el auto-desplazamiento o desidentificación del sujeto de las asunciones culturales y prácticas sociales asociadas con las categorías de sexo y género”.

La lesbiana de Wittig, ese sujeto universal crítico que está más allá de las marcas de género y sexuales, ya estaba dibujada en El cuerpo lesbiano (1973), es decir, es una figura conceptual pensada en relación con el cuerpo, “encarnada”. El cuerpo lesbiano es el soporte de esa nueva subjetividad, del sujeto lesbiano. Esta figura, que resiste frente al pensamiento heterocentrado y persigue subvertirlo, lesbianizándolo todo (a las mujeres y también a los hombres), es la “hermana” de otras figuras de sujetos excéntricos, por seguir con el término de De Lauretis: atravesados por múltiples diferencias, como la queer mestiza que habita en el cruce de identidades y culturas de Anzaldúa, la sister outsider negra de Lorde, el cyborg, entre humano y máquina, de Haraway, el sujeto nómada de Braidotti, la performatividad del género en Butler… figuras hibridas, mutantes, que hablan de los límites de las categorías identitarias, de las fronteras, de las intersecciones. Sujetos que resisten y subvierten el ideal de mujer establecido por la cultura y cuestionan la construcción de una identidad colectiva feminista no inclusiva ni empática con esas diferencias. Una concepción similar del sujeto, advierte De Lauretis (2003), estaba emergiendo en el marco de las teorizaciones postcoloniales. Se trata de, por ejemplo, la noción de cultural hybridity de Homi Bhabha y los estudios sobre el sujeto transnacional. Al igual que ha sucedido con los feminismos queer, los textos radicales de Wittig anticiparon algunas de las cuestiones sobre las que posteriormente han incidido las teorías feministas postcoloniales.

Desde esos otros feminismos lesbianos, negros, postcoloniales, también llamados “periféricos”, se inicia, por tanto, la crítica radical al sujeto unitario del feminismo, blanco, burgués, eurocéntrico, desexualizado (Smith, 1983; Hooks 1984; Spivak, 1988, entre otras) Como apunta de Lauretis, “las cuestiones de las diferencias raciales y étnicas, planteadas por los colectivos de lesbianas negras, chicanas y latinas en su crítica al feminismo blanco, moldearían el feminismo de la década de los ochenta y en adelante” (2012: 2). Autoras de la corriente denominada post feminismo o feminismo queer como Teresa De Lauretis, Donna Haraway, Judith Butler, Eve Kosovsky Sedgwick o Judith/Jack Halberstam se sumarán a las lesbianas chicanas y negras en su crítica a la naturalización de la noción de “mujer” y de “feminidad” que había constituido el núcleo del sujeto del feminismo. Es la rebelión de las otras en fuga de la identidad fija, homogénea y monolítica articulada hasta entonces por el feminismo.  Y por si todavía quedaran dudas al respecto: “Las multitudes queer no son post feministas porque quieran o deseen actuar sin el feminismo. Al contrario. Son el resultado de una confrontación reflexiva del feminismo con las diferencias que éste borraba para favorecer un sujeto político “mujer” hegemónico y heterocentrado” (Preciado, 2003).

ujetos errantes de la norma biocultural, fugitivas de una sociedad dominada por el pensamiento heterocentrado, la existencia lesbiana no es ni posible ni deseable (Wittig, 1992). La lesbiana es una runaway que, sin embargo, no huye, sino que resiste a la heteronormatividad con múltiples estrategias. Algunas teóricas feministas y queer han criticado, sin embargo -como he mencionado más arriba-, la figura de la lesbiana como esencialista y la defensa, según ellas, del separatismo que estaría proponiendo Wittig. Es el caso de Judith Butler, que, en palabras de De Lauretis (2003),  “se opuso al posionamiento radical de Wittig, que malentendió por lo que ella llamó una «prescripción separatista» -como si Wittig hubiera estado argumentando que todas las mujeres deberían hacerse lesbianas, y que solo las lesbianas podrían ser feministas”. De Lauretis critica que, para la persona que lee El Género en Disputa - en el que Butler le dedica un capítulo a Wittig que supuso, en gran medida, la rentrée de ésta en los estudios de género y queer-, la escritora y teórica francesa “aparece como una exencialista que cree en la libertad humana, una humanista que da por hecha la unidad ontológica de un Ser previo al lenguaje, una idealista disfrazada de materialista, y lo más paradójico de todo, una colaboradora no intencionada, no consciente, del régimen de la normatividad heterosexual”.  Para De Lauretis, este erróneo análisis de Butler del trabajo de Wittig explicaría la relativa indiferencia o condescencia con la que sus ensayos han sido recibidos en el contexto de los estudios sobre géneros y sexualidades en la Academia anglosajona. Años después de este texto de De Lauretis, se han organizado eventos en torno a la vida y obra de Wittig y publicado varias contribuciones colectivas que analizan su obra, como la que compiló Shaktini (2005) -en la que participa De Lauretis-, o la de Epps y Katz (2007), con nuevas perspectivas y análisis de una obra tan compleja, interesante, e influyente como la de Wittig.

La lesbiana de Wittig es un sujeto en fuga, como las múltiples subjetividades que van a reinvindicar los feminismos queer. Uno de los desplazamientos centrales (De Lauretis se refiere al displacement from home, que traduciríamos aquí como “hogar” en el sentido de lugar “seguro”, de identidad) surge de esos sujetos incómodos de los que el feminismo no esperaba ninguna reacción crítica, entre ellos los disidentes sexuales, los y las queer. Desidentificación es la de las lesbianas que no son mujeres, la de los sujetos transgénero que no son ni mujeres ni hombres, la de los maricas que no son hombres. La recuperación de Wittig por las multitudes queer ha sido posible gracias a que su declaración que reclamaba la autonomía lesbiana de las mujeres “permite combatir por medio de la des-identificación la exclusión de la identidad lesbiana como condición de posibilidad de la formación del sujeto político del feminismo moderno” (Preciado, 2003).


El posicionamiento wittigiano abrió el horizonte de la categoría “lesbiana” que, como toda categoría identitaria, era insuficiente para dar cuenta de una multiplicidad de sujetos diversos, que se autodefinen de formas distintas. Las lesbianas no son mujeres o son, cuando menos, otras mujeres. De Lauretis describe magistralmente el momento de la ruptura lesbiana/mujer y el ensanchamiento de los límites de esa categoría:

“Hubo un tiempo, en el espacio discontinuo -un espacio disperso a través de los continentes- cuando las lesbianas no eran mujeres. No quiero decir que ahora las lesbianas son mujeres, aunque unas pocas sí se piensen así, mientras otras dicen que son butch o femme; muchas prefieren llamarse queer o transgénero; y otras se identifican con la masculinidad femenina- hoy en día existen muchas opciones para autonombrarse para las lesbianas. Pero durante aquel tiempo, lo que las lesbianas fueron era eso: no mujeres. Y todo parecía tan claro, en aquel tiempo”.

En la línea de la conceptualización de la identidad como una localización (Martin, 1993), una posición desde la que emitir un discurso, unas demandas políticas, la lesbiana de Wittig es ese lugar simbólico desde el que movilizarse, tomar la palabra, resistir. El cuerpo lesbiano refleja ese espacio en el afuera que ocupan las prácticas sexuales y cuerpos de las lesbianas en la realidad social: habitan los márgenes. Wittig reivindica esos cuerpos abyectos presentándolos como algo bello, objeto del deseo de la(s) otra(s). Esto mismo se lo he oido en alguna ocasión al fotógrafo transgénero Del LaGrace Volcano: con sus fotografías de los drag kings, de los cuerpos raros, subversivos, que no se leen fácilmente… (¿es un hombre, una mujer, o ninguna de las dos cosas?) lo que pretende no sólo es mostrar su mundo, su gente queer, sino lo bello de ese mundo. Es la belleza de lo abyecto, lo expulsado de la norma, exiliado del espacio simbólico (y real). El sujeto lesbiano del que escribe Wittig es un sujeto mezcla de animal y humano, raro, monstruoso, gigante, extraño a más no poder (¡si es que no es una mujer!). Pero es bello y deseable a la vez: “m/i más bello monstruo” (Witting, 1973). La de Wittig es una parodia absolutamente genial de la representación de los cuerpos y las sexualidades lesbianas en los medios, en la cultura, en la heterorrealidad en general. Es una carcajada tan inmensa (y subversiva) que no podemos evitar que nos contagie al leerla.  


Estos cuerpos extraños, incómodos, oprimidos, son focos de subversión política, de resistencia y crítica del punto de vista supuestamente "universal", léase colonial, burgués, blanco y heterosexual. Las Amazonas de Wittig que recorren el Borrador para un diccionario de las amantes (1976), resisten ante el ideal de mujer femenina, sumisa, impuesto por la cultura hegemónica (heterosexual). Son violentas  y vulnerables a la vez y es la conciencia de su vulnerabilidad la que las hace más fuertes ante la hostilidad que combaten. El sujeto lesbiano reclama, en definitiva, su otredad, su anormalidad, su queerness y, al mismo tiempo, su legitimidad como tal, como diferente.

Esta es la proliferación de identidades y cuerpos abyectos a la que se refiere Butler. En el capítulo mencionado que le dedica a Wittig en El género en disputa (1990), Butler defiende, más allá de las categorías binarias, la emergencia no tanto de un tercer género como de múltiples subjetividades en otros cuerpos. De hecho, la lesbiana que propone Wittig no es una identidad fija y homogénea, sino un espacio que posibilitaría otras subjetividades. Se trata de un sujeto con una corporalidad que dinamita la diferencia sexual, que cambia, es maleable, reflejo de la identidad colectiva. Porque para Wittig el cuerpo es central: su cuerpo lesbiano es un cuerpo político, colectivo, que cuestiona las normas del reconocimiento que dotan de legitimidad a unos cuerpos y no a otros, los de las fugitivas del régimen heteronormativo. El punto de vista lesbiano que defendía Wittig simboliza la posibilidad de esas otras miradas y subjetividades, de esos otros sujetos que transgreden las normas. 

Uno de los ejes de continuidad entre el feminismo radical y el queer es la utilización del estigma, de la marca, como auto-identificación. Es la “inversión performativa de la injuria” (Butler, 1993). Las teorizaciones y prácticas feministas queer defienden, desde los noventa, la apropiación de términos “negativos” como bolleras, maricones, trans o putas, y la utilización de estrategias por una parte criticas con la construcción de unas identidades no inclusivas (post identitarias), y, al mismo tiempo, hiperbólicas y paródicas. Organizaciones como las Lesbian Avengers, ACT UP, Queer Nation, o, en el Estado español, LSD, La Radical Gai, el Grupo de Trabajo Queer, y, más recientemente, la Asamblea Transmaricabollo de Sol (parte del 15-M), utilizan sus posiciones denostadas de sujetos estigmatizados, desviados para resistir y seguir movilizándose a través de micropolíticas en conexión con otras movilizaciones, como las migrantes transgénero o las trabajadoras del sexo. Wittig era ya una figura intelectual muy conocida cuando comenzaron las protestas de los y las disidentes queer en la calle y a aparecer herramientas teóricas en esta línea ; la apertura del espacio conceptual, que planteó ella, a la posibilidad de existencia de esas otras y otros dejó una estela que continuaron posteriormente las teorizaciones y prácticas queer.
(…)



REFERENCIAS 



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Este texto es una versión reducida de un capítulo de próxima publicación (septiembre, 2013) en Icaria de una obra colectiva sobre Monique Wittig.
 Véase Epps y Katz (2007: 423).
 Me refiero a teorías, en plural, más que teoría, ya que no estamos ante un corpus acabado de teorización, sino ante uno que engloba contribuciones diversas y que continúa en construcción.
 De Beauvoir, Simone. El segundo sexo. México, Alianza/ Siglo XXI. 1989, p. 240. Wittig tituló “Una no nace mujer”, en obvia referencia a Beauvoir, un ensayo de 1981 que está recogido en el volumen El pensamiento heterosexual.
 Butler (1997) explica la complejidad de la noción de representación.
 Sobre el concepto de género se pueden consultar las aportaciones fundamentales de Joan Scott, Teresa De Lauretis, o Judith Butler, entre otras.
 Desde posiciones del feminismo de la diferencia también se ha retomado, no obstante, la obra de Beauvoir. Sobre la diversidad de interpretaciones y reapropiaciones desde ambos feminismos a que ha dado lugar el trabajo de esta autora, véase Burgos (2010). No es el caso, sin embargo, de Wittig, muy crítica con los posicionamientos de la diferencia.
 Wittig, Monique. “No se nace mujer”, en M. Wittig, (1992)  El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Madrid, Editorial Egales, 2006, pp. 31-43.
 Este juego de cursivas está en De Lauretis, On Monique Wittig (2005).
 Esta sería la “primera variación queer de la pionera obra de  Beauvoir”, en Pérez Navarro (2010: 3).
 Véase Preciado (2005: 119).
 La noción de experiencia vivida (lived experience) es central en los discursos feministas de los años setenta y ochenta.
 De Lauretis (2003). Mi traducción del inglés.
 Gloria Anzaldúa Borderlands/ La Frontera: The New Mestiza (1987); Audre Lorde, Sister Outsider (1984): Donna Haraway, Manifiesto ciborg (1984); Teresa De Lauretis, Diferencias. Etapas de un camino a través del feminismo, (2000);  Rosi Braidotti Sujetos nómades (2000) y Judith Butler, Gender Trouble (1990).
 En castellano se puede consultar la antología Otras inapropiables. Feminismos desde las fronteras. Madrid, Traficantes de Sueños (2004).
 Sobre esta cuestión Trujillo (2011).
 Mi traducción.
“When lesbians were not women”, Labrys 2003. Mi traducción del inglés; las cursivas están en el original.
 Ver Sublime Mutations (ref).
Como decíamos en el Manifiesto del Grupo de Trabajo Queer que recojo en Trujillo (2005), y que dedicamos “a la memoria de Monique Wittig”, “Bollera no es una marca, es un desorden global”.