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martes

"Los monstruos humanos"

Michel Foucault
Entre 1974 y 1975, Michel Foucault desplegó, en el Collège de France, las hipótesis de una investigación que, póstumamente, dio origen a Los anormales , el libro que, editado en Francia en 1999, acaba de traducirse al castellano.
Quienes en algún momento tuvieron el privilegio de frecuentar sus clases, a lo largo de los tres lustros en que Foucault enseñó en el Collège de France, aseguran que sus dotes para la docencia no iban a la zaga de sus aptitudes de escritor. Como historiador ejemplar que era, abordó la actualidad en escorzo, a través de los sucesos del pasado; iluminó el presente con su meditación del ayer, supo revelar el latido de lo contemporáneo concentrando su esfuerzo analítico en lo que más alejado parecía de él. Todas estas condiciones pueden apreciarse en la edición de este curso sobre los anormales.
¿Quiénes son los anormales? ¿Qué representan? Según Foucault, integran "una familia indefinida y confusa": el monstruo humano, el individuo al que se debe corregir (es decir, el transgresor) y el onanista. El repudio que provocaron inspiró la aparición de instituciones y criterios destinados a su control, a su encierro y a su eventual restablecimiento pero, fundamentalmente, al resguardo de la "buena salud" de la sociedad. Más allá de la especificidad nosológica de cada una, estas figuras integraron, en conjunto, la materia de una teoría general de la degeneración que, a partir de 1850, "va a servir, durante más de medio siglo de marco teórico, al mismo tiempo que de justificación moral y social, a todas las técnicas de señalamiento, clasificación e intervención referidas a los anormales".
El monstruo humano, figura próspera sobre todo en el imaginario medieval, pero que las edades posteriores estuvieron lejos de desconocer, parece haber sido alguien a medias bestia y a medias hombre. Con todo, el generoso espectro tipológico abarcado por esta categoría incluyó, además, a las llamadas personalidades dobles y a los hermafroditas. El tema de la doble personalidad obsesionó al Renacimiento y la estirpe rara de los hermafroditas desveló a más de un alma sensible en los siglos XVII y XVIII. El célebre autor de Las palabras y las cosas afirma que elmonstruo humano apareció al unísono en el dominio jurídico y en el biológico. Promovió, en consecuencia, conflictos simultáneos en el campo de las leyes sociales y en el de la naturaleza. Por eso, dirá Foucault, no sólo fue excepción con respecto "a la forma de la especie", sino también por los trastornos que acarreó "en relación con las singularidades jurídicas, ya se tratara de las leyes del matrimonio, los cánones del bautismo o las reglas de la sucesión". Al conjugar en su figura "lo imposible y lo prohibido", el monstruo humano generó una reacción ejemplar por parte de las sociedades afectadas por su irrupción.
El transgresor, ese hombre que debía ser reformado si no se lo quería ver convertido en incorregible es, para nuestro escritor, una figura más reciente que el monstruo humano. Su idiosincrasia quedó claramente estipulada en los siglos XVII y XVIII con la introducción de las técnicas disciplinarias que de ahí en más abundaron en el ejército, en las escuelas y talleres, hasta alcanzar incluso la vida hogareña, donde las normas de conducta pasaron a ser un imperativo tan estricto como en la vida mundana. Las instituciones que tuvieron a su cargo la elaboración de todas estas preceptivas, así como la tarea de disuadir, corregir y, eventualmente, recuperar al transgresor, concentraron su acción sobre una gama muy amplia de anormales, entre los cuales los díscolos convencionales fueron los menos y en la que se inscribió a los llamados imbéciles, retardados, nerviosos, desequilibrados y hasta a los ciegos y sordomudos.
Foucault no se cansa de subrayar la hegemonía indisputada de las conductas represivas en todos estos procedimientos y categorizaciones. La sociedad que los impuso no estaba dispuesta todavía a ver en la anormalidadun emergente de sí misma y, mucho menos, un repertorio de conflictos que exigían conductas liberales y solidarias.
Pero el plato fuerte de este curso impreso, en cuya presentación el humor sutil campea tanto como la crítica incisiva, lo constituye el tercer protagonista de esta obra: el onanista. Se trata, para Foucault, de una figura privada, hasta el siglo XVIII, del marco legal y clínico que a partir de entonces se le impuso y que sagazmente explora el historiador.
La figura del onanista no puede entenderse si no nos remitimos a la nueva ubicación del niño en el contexto familiar. En él, la salud y el cuerpo fueron ganando, poco a poco, un estatuto del que carecían y que resultó correlativo de la inquietud que empezó a sembrar el registro de la sexualidad infantil. Esa inquietud muy pronto se tradujo en una resuelta impugnación. El aliento de esa embestida supo convertirse rápidamente en una auténtica "cruzada" contra la masturbación que se inició con estrépito en Inglaterra hacia 1710, se extendió después a Alemania y alcanzó, a mediados del siglo XVIII, arraigo ejemplar en Francia. Por supuesto, por aquellos años y en aquel contexto, niños no eran todos los chicos. La necesidad de una disciplina sexual que encauzara los instintos y adecentara la intimidad con el propio cuerpo, "se dirigía de manera privilegiada sino exclusiva, a los adolescentes o los niños de las familias ricas o en posición desahogada". La masturbación fue catalogada como origen "de una serie indefinida de trastornos físicos que podían hacer sentir sus efectos en todas las formas y en todas las edades de la vida".
También recuerda Foucault que la doctrina de la época comenzó a señalar a los padres como responsables del "abuso" que los niños hacían de su incipiente sexualidad. "Lo que se dibuja a través de esta campaña es el imperativo de una nueva relación entre padres e hijos y, más ampliamente, una nueva economía de las relaciones intrafamiliares". De hecho, no debe olvidarse que hasta avanzado el siglo XVIII, "el sistema de las obligaciones familiares iba de hijos a padres y tendía a hacer del niño el objeto primordial de los deberes".
Según Foucault, los dilemas planteados por el onanismo y, más ampliamente, por la sexualidad infantil, terminaron por englobar a los otros dos conjuntos de anormalidades "hasta convertirse, en el siglo XX, en el principio de explicación más fecundo de todas las anomalías".
Es nítido, a lo largo del libro, el interés primordial de Foucault: indagar de qué manera se implica la psiquiatría en la medicina legal, sobre todo a fines del siglo XIX, para potenciar "la defensa de la sociedad" frente a las anormalidades que la acosaban o podían acosarla. Este cruce entre jurisprudencia y psicopatología permitió fundamentar la marginación y la condena "científica" de todos los fenómenos considerados disruptivos y que podían comprometer la imagen autoidealizada de los sectores de poder.
Auténtico arqueólogo del saber durante un extenso período de su labor creadora, Michel Foucault exploró la índole de incontables figuras de la cultura occidental sobre las que el prejuicio actuó laboriosa y sutilmente -el loco, el homosexual, el "anormal", en suma-. Más tarde y con igual fervor, Foucault interrogó los registros cotidianos de los significados y los valores, desnudando el papel que los intereses ideológicos juegan, incansablemente, en la conformación de la moral pública. Revulsivo, original, polémico y cautivante, Michel Foucault sigue perfilándose, a dieciséis años de su muerte, como una de las voces insoslayables de la cultura de nuestro tiempo.

Artículo escrito por Santiago Kovadloff | LA NACION