domingo

EDUCACIÓN SEXUAL ES AUTODEFENSA por ITZIAR ZIGA

Itziar Ziga, de pequeña




Hablando de humillar a las víctimas, dice un alto cargo de la jerarquía católica española que el porcentaje de pederastia en la Iglesia es irrelevante. ¡Irrelevante tendría que ser ya vuestra secta infame! Desde Roma les han dado un leve tirón de orejas, y el secretario general de la Conferencia Episcopal acaba de reconocer el “silencio cómplice” de la Iglesia respecto a los abusos sexuales a menores cometidos en su seno. Pero en la misma frase centrifuga mierda a toda la sociedad, que debe “asumir su cuota de responsabilidad en esta cultura común compartida de silencio”. Eso sí, hace hincapié en señalar la supuesta inacción de la escuela. “Nadie se ceba con el ámbito de la enseñanza, ¿por qué con la Iglesia?”, se lamenta desde su alzacuellos. Teniendo en cuenta que hablamos de curas violadores de menores, solo se puede referir a esos centros educativos públicos y/o laicos donde precisamente los curas no han podido violar a menores. 


¿O acaso echará en falta el gerifalte católico una educación sexual positiva en las escuelas, histórica reivindicación feminista, que propicie una vivencia plena de la sexualidad propia y nos dote desde la infancia de recursos contra los abusos? Ah, no, que eso pretende Skolae. Y no les gusta. 


Desde el feminismo hemos comprendido que nuestra sexualidad transita entre dos vertientes: la del placer y la del peligro. La de todas, la de todos, la de todes. En sociedades patriarcales como la nuestra, claro. Y no ha habido institución más patriarcalizante y abusadora para nuestro pueblo que la Iglesia Católica. Somos sexuales desde que nacemos hasta que morimos, y la curiosidad respecto a lo primero y último que tenemos, que es nuestro propio cuerpo, es tan inevitable como imprescindible para querernos. Y para evitar que nos dañen, Skolae no propone en ningún momento juegos eróticos infantiles en las aulas, ayuda al profesorado a trasmitir a criaturas humanas antes de los seis años que sus cuerpos son suyos. Y que ese maravilloso hormigueo que sentimos entre las piernas, nadie debe volverlo en nuestra contra.